Instituto Sergio Motosi para el Estudio del Movimiento Obrero Internacional
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el Internacionalismo

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Sumario121 - Abril de 2021

1)Vínculo exterior y teoría materialista

2)Vínculo exterior, reestructuración europea, batalla eléctrica y digital

Crónicas europeas
3) Multilateralismo y poderes UE en la pandemia

Observatorio de España
4) Terremoto europeo en Madrid

Observatorio de París
5) Las raíces de clase de la cuestión migratoria

6) Desafíos y oportunidades de Moscú en la contienda mundial

Lucha contra el coronavirus
7) El desafío de la producción

8-9) El cofre minero del Congo desde el reparto europeo al ascenso chino

10) La agenda comercial bipartidista para Joe Biden

11) Las debilidades indias bajo los focos globales

Crónicas de la Ruta de la Seda
12) Dos manos hacia dos manos

Gigantes de Asia: la crisis de plaza Tiananmen
13) La última carta de Zhao Ziyang

14) La apuesta del Plan Biden

Tendencias demográficas
15) Políticas de población comparadas

16) La guerra de las vacunas


Vínculo exterior y teoría materialista

Mario Draghi se sitúa en la estela y en la tradición de los grandcommis del europeísmo, altos funcionarios del capital que durante décadas han interpretado el nexo entre el imperialismo europeo y el imperialismo italiano, a partir del factor determinante del mercado mundial.

Se puede reconducir a los instrumentos de la ciencia política marxista la noción de ese «vínculo exterior» aferrado en Italia por los hombres del partido europeo.

En La ideología alemana, Marx y Engels fundan su teoría de las relaciones internacionales comenzando por la noción de mercado mundial. Son conceptos a los que hemos recurrido a menudo: la gran industria, al crear el mercado mundial, «produjo por primera vez la historia mundial» y anuló el «carácter exclusivo de cada nación». Ésta «creó en todas partes las mismas relaciones entre las clases de la sociedad, destruyendo así la individualidad particular de cada nacionalidad». Sin embargo, «mientras la burguesía de cada nación conserva aún intereses nacionales particulares», la gran industria también creó en el proletariado «una clase que tiene el mismo interés en todas las naciones y para la cual la nacionalidad ya está anulada, una clase que es liberada realmente de todo el viejo mundo y al mismo tiempo se opone a él».

Arrigo Cervetto en la introducción a El imperialismo unitario, en 1980, encuentra en esas tesis los principios originales de la teoría marxista de la política internacional:

«Competencia e interdependencia universalizan a la burguesía, pero, al mismo tiempo, conservan los intereses nacionales particulares. La política mundial de la burguesía refleja, en consecuencia, universalidad de competencia y de interdependencia y particularidad de intereses. Las relaciones internacionales son, por tanto, relaciones de universalidad y de particularidad. La teoría marxista de la política internacional se convierte en la ciencia que afronta la dialéctica contradictoria entre lo general y lo particular en la historia mundial inaugurada por el capitalismo».

En 1972, en el editorial “Imperialismo mundial y crisis italiana”, ese mismo criterio de método es utilizado para comprender la naturaleza del desequilibrio político en Italia: «¿Cuál es la relación entre las tendencias de desarrollo del imperialismo mundial y la crisis de desequilibrio italiana? ¿Cómo se refleja la situación internacional en la situación italiana?».

Para Cervetto, el punto de partida residía en las luchas internacionales de las clases: el desequilibrio político era un «producto italiano» de esas luchas; el Estado italiano no era adecuado «al carácter internacional del sector más concentrado del capitalismo», es decir que no correspondía «a las exigencias de la parte gran industrial e imperialista de la burguesía italiana».

En esa relación entre el mercado mundial y las especificidades nacionales, hace ya unos diez años que reflexionamos sobre los «hechos mundiales» de la política, Cervetto enuncia una «ley de movimiento de la internacionalización». Cuanto mayor es el grado de desarrollo capitalista, más determinante es el factor internacional:

«El proceso mundial tendrá niveles más o menos intensos de influencia en cada zona, en cada Estado. El proceso mundial creará interdependencias objetivas. El carácter de estas interdependencias, la prevalencia en cada zona o país de los factores internos o externos, vendrá dado finalmente por una combinación de elementos, entre los cuales será fundamental el grado de desarrollo capitalista de cada zona y su peso relativo en la economía mundial». El avance de ese desarrollo tiene consecuencias aparentemente paradójicas para las distintas potencias, «si bien el país menos desarrollado es el más propenso al imperialismo, también es el país donde el factor internacional puede ser menos predominante, mientras que el país más desarrollado, aun menos propenso políticamente al imperialismo, es también el país en el que prevalece cada vez más, donde se convierte en el factor internacional».

En aquellos primeros años Setenta, la puesta en marcha del desarrollo acelerado de treinta años del «milagro económico» fue también la sanción de la maduración de Italia como potencia imperialista. El predominio de la determinación internacional, la base objetiva del «vínculo externo», estaba en su máximo nivel.

 

Vínculo exterior, reestructuración europea, batalla eléctrica y digital

La ley de movimiento de la internacionalización es algo que afecta a todas las potencias, en el proceso del desarrollo desigual capitalista. Por el contrario, los caracteres que adoptan la dialéctica entrem«universalidad de competencia e interdependencia» y «particularidad de intereses» deben analizarse específicamentempara cada potencia. Hace medio siglo, la particularidad italiana fue la crisis de desequilibrio, la no correspondencia entre el aparato estatal y las exigencias de los grandes grupos más internacionalizados. Desde entonces, década tras década, se ha visto que una línea estratégica de la gran burguesía ha podido afirmarse solo mediante la combinación de poderes nacionales y poderes europeos; esta relación ha sido precisamente el ejercicio del vínculo exterior, a medida que se han ido consolidando las instituciones europeas, la legislación comunitaria y el poder monetario del BCE. 

Guido Carli, gobernador del Banco de Italia de 1960 a 1975, presidente de Confindustria de 1967 a 1980, ministro del Tesoro de 1989 a 1992 en el momento de las negociaciones por el Tratado de Maastricht, fue uno de los máximos intérpretes de ese vínculo exterior, puesto que su inclinación atlantista era inseparabile de la europeísta y también la superaba. Sus memorias, Cincuenta años de vida italiana, tienen un doble hilo conductor. Para Carli, como en el Fausto de Goethe, «dos almas» están en conflicto

en el seno de la economía italiana, una en busca de la protección y de la intervención del Estado y la otra que confía a los poderes públicos la única tarea de dictar reglas generales:

«La lucha entre estas dos almas ha sido una lucha desigual, la de una pequeña minoría contra los espíritus animales de toda la clase dirigente italiana que, tras la caída del fascismo y la derrota, habría deseado volver rápidamente al cauce protector de una sociedad corporativa». 

Por esta razón, desde la posguerra, con la vinculación a las instituciones de Bretton Woods, se recurrió a un «vínculo exterior» para introducir ordenanzas que la sociedad italiana por sí sola no tenía la capacidad de producir. Esto no impidió que el «proteccionismo exterior», formado por aduanas, aranceles diferenciales, restricciones cuantitativas a la exportación, autorizaciones ministeriales, se intentara sustituir por «proteccionismo interno», a través del crédito bonificado, fondos de dotación para cubrir las pérdidas de las empresas estatales, ventajas fiscales, ayudas directas e indirectas, hasta el proteccionismo oculto del sistema corrupto en los contratos públicos.

Solo la legislación resultante del Tratado de Maastricht después de 1992 y la creación del BCE después de 1998, se puede añadir, crearon definitivamente las condiciones jurídicas y monetarias para que el mercado único ya no pudiera eludirse. El vínculo exterior salvó a Italia «tres veces», escribe el exgobernador: en la inmediata posguerra, con la adhesión a las entidades de Bretton Woods, en 1957 con el Tratado de Roma que constituyó el MEC y la CEE, en 1992 con el Tratado de Maastricht.

Carli insiste sobre el hecho que desde la inmediata posguerra ese vínculo estratégico con la internacionalización fue garantizado por una patrulla minoritaria:

«Puedo decir con certeza que el mérito de la adhesión de Italia al Fondo Monetario, al Banco Mundial, al GATT y luego a la OECE, debe atribuirse totalmente a Alcide De Gasperi y a Luigi Einaudi. Los industriales, siempre presentes e insistentes en los problemas corporativos y en cómo buscar divisas, no incitaron en lo más mínimo a esa opción que habría tenido repercusiones históricas para nuestro país. Todos excepto uno, Angelo Costa, presidente de Confindustria». 

No tenemos ninguna razón para dudar de la autenticidad de las convicciones expresadas

por Carli en sus memorias, que en 1993 fueron una especie de testamento político del exgobernador. Sin embargo, la tesis de que la aplicación del «vínculo exterior» fue casi un acto extremo de voluntad política, frente a los «instintos animales» de la clase dirigente política e industrial que perseveraba en el espíritu proteccionista, dirigista y corporativo, exige algunas aclaraciones. ¿En qué sentido, entonces, hay que preguntarse, la línea estratégica europea del imperialismo italiano habría logrado imponerse, a pesar de la resistencia de los grandes grupos y no gracias a su impulso?

En primer lugar, no se puede decir en absoluto que entre los grandes grupos no hubiera consciencia de la indispensabilidad del nexo europeo e internacional. Costa, como presidente de Confindustria, de alguna manera es llevado a esa visión de más largo alcance, y Carli lo reconoce: precisamente por su cargo, Costa no es un industrial entre muchos, es el presidente de su asociación. Más aún: en los grandes bancos como el Comit de Mattioli, aun siendo controlado por el IRI, el nexo del vínculo exterior está muy presente; el sector de Raffaele Mattioli, Enrico Cuccia, Adolfo Tino, está incluido en la patrulla del partido europeo o euroatlántico. Carli trata de ello, pero no parece dar en su exposición fuerza orgánica a su alineación entre las constituyentes del vínculo exterior entre los grandes grupos. Más tarde, el propio De Gasperi hace referencia al «cuarto partido», el mundo económico del Norte de Italia, como partidario del nombramiento de Luigi Einaudi en su Gobierno, a pesar del malestar posterior por la política de austeridad.

En segundo lugar, se puede decir que era un interés general de la burguesía italiana, especialmente a medio y largo plazo, tener acceso al mercado europeo e internacional, pero al mismo tiempo era interés particular de cada grupo, a corto plazo, estar protegido. Si De Gasperi, Einaudi, Cuccia, Carli, etcétera, interpretan ese interés a largo plazo, es plausible que los grupos individuales – pensemos en la FIAT de Vittorio Valletta– supieran muy bien que la internacionalización era ineludible, pero consideraban que podían “negociar sobre el precio” a corto plazo de ese vínculo internacional, con prórrogas y medidas relativas de protección, precisamente porque la opción estratégica a largo plazo estaba dirigida por los De Gasperi y los Einaudi.

En tercer lugar, por último, se puede volver al artículo de Arrigo Cervetto de 1972, “Imperialismo mundial y crisis italiana”. En un momento de contratendencia a la línea reformista del gran capital, Cervetto reafirma que esa opción era la «línea general» del capitalismo italiano y que ésta «ya había ganado»:

«Vencido no porque ya haya sido instaurado en Italia, sino porque es la condición de vida misma, permaneciendo la actual situación mundial, del imperialismo italiano, porque es la condición que le impone objetivamente el ser un componente del sistema imperialista internacional. En resumen, no es una línea que ha alcanzado una altísima maduración en Italia, sino una línea impuesta a Italia por el hecho de haber madurado de manera imperialista». 

Aquí está la cuestión central: en su aparente énfasis subjetivo extremo –el enganche internacional de Italia como obra de una pequeña minoría en oposición al pensamiento dominante entre políticos e industriales– Carli hace referencia a una línea De Gasperi-Einaudi que interpreta el máximo de determinación objetiva, la de los mercados mundiales sobre el imperialismo italiano. En este sentido los hombres de esa minoría son los intérpretes del «vínculo exterior» sobre Italia. Y en este sentido, se puede decir hoy que Mario Draghi, más que la expresión del partido europeo italiano, es el comisario del partido europeo en Italia.

Es fácil reconocer en el alma corporativa y proteccionista del capitalismo italiano, tan penetrante y dominante para Carli, el fundamento de lo que hemos definido gran coalición del status quo. En cualquier caso, la instantánea alineación de casi todas las fuerzas políticas detrás del Ejecutivo de Draghi muestra que las posturas euroescépticas han sido y son el ejercicio extremo de este regatear sobre el precio contra la legislación europea; se amenaza con una ruptura estratégica con la Unión, sabiendo que en realidad está garantizada, y se intenta lucrar con esa ambigüedad algún descuento mediterráneo

y sobre todo alguna ventaja electoral.

Más compleja de encuadrar es la cuestión del terreno en el que deberá ejercerse el vínculo exterior en los próximos años. Por el momento, destacamos un aspecto crucial: la batalla eléctrica y digital, porque en ella se combinan la dimensión mundial de una comparación que ya marca el curso de los nuevos años Veinte, y los rasgos específicos de la reestructuración europea en Italia, marcada por unos auténticos «veinte años perdidos» de productividad tras la introducción del euro.

Un comentario del Washington Post, en la línea de Jake Sullivan, asesor del NSC para Joe Biden, es revelador del nuevo signo de la disputa global, una dosis de intervencionismo estatal que afectará tanto a los Estados Unidos como a la UE. Eugene Joseph Dionne señala que el desafío chino podría reorientar profondamente la actitud estadounidense sobre el papel del Estado en el crecimiento económico y en la inversión high tech sobre investigación y desarrollo. Dionne cita un ensayo conjunto de Sullivan y Jennifer Harris en Foreign Policy de febrero de 2020 – es decir, antes de la irrupción de la pandemia secular – donde se argumenta que «los grupos estadounidenses seguirán perdiendo terreno en la competencia con las compañías chinas si Washington sigue dependiendo tan exclusivamente de la investigación y el desarrollo en el sector privado», vinculado al corto plazo y no al largo plazo de la «gran estrategia».

En el ensayo de Sullivan y Harris, una línea de intervencionismo de Estado en la economía, reivindicada abiertamente en los términos que en Francia o en Europa son los de una política industrial, se argumenta no como medida temporal anticíclica, sino como desarrollo de una fuerza económica que se puede contraponer el ascenso chino. Es decir, hay un enganche estructural y no contingente para un papel del capitalismo de Estado, vinculado a la exacerbación de la disputa y a su elevación, con China, a la confrontación entre fuerzas continentales. La referencia explícita es al plan “Made in China 2025”; la Administración Biden anuncia planes plurianuales de inversión en infraestructuras y nuevas tecnologías que tendrían una fuerza de choque de entre 3 y 4 billones de dólares. En la misma cesta, es importante anotar, se colocan los planes europeos para la soberanía económica o autonomía estratégica abierta, que se declinan

de distinta manera tanto en la eléctrica, en la digital como en la soberanía digital, ahora también en la farmacéutica como soberanía sanitaria, y recogidos parcialmente en las iniciativas financiadas por la Next Generation EU.

Un hecho es cierto, el vínculo exterior europeo interpretado por Draghi en gran medida tendrá este nuevo signo estratégico. 

Lotta comunista, marzo de 2021.

 

 

 

 

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