Instituto Sergio Motosi para el Estudio del Movimiento Obrero Internacional
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el Internacionalismo

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Sumario110 - Mayo de 2020

1) Crisis pandémica y potencia estatal

2) La peor crisis desde 1945

Crónicas europeas
3) La democracia imperialista en Europa ante la prueba del Covid-19 

Observatorio de España
4) Madrid, entre las tensiones internas y el vínculo europeo 

Observatorio de París
5) La niebla de la pandemia 

6-7) Sesenta días en Wuhan

8-9) Las consecuencias estratégicas de la crisis pandémica

10) Salud global y pandemia: la imposible “governance”

11) Diplomacia y “entente” a la sombra del Covid-19

12) Crisis y cambio del comercio mundial 

Tendencias demográficas
13) Caída general de la natalidad 

La batalla mundial del automóvil
14) Geely Automobile Holdings 

La batalla de las telecomunicaciones
15) Amazon 

16) Los invisibles y los hipócritas página

 

Las consecuencias estratégicas de la crisis pandémica

Es necesario reflexionar hasta qué punto la fórmula de la democracia imperialista, con la atención a la dialéctica entre los poderes político-institucionales y a la pluralidad de los grupos y de las fracciones claves, se ha revelado fecunda, no sólo como marco teórico para actualizar la cuestión del Estado en la era del imperialismo, sino también como instrumento práctico de análisis político.

En el comienzo de la crisis del coronavirus, hemos seguido la iniciativa de una línea editorial-empresarial, dirigida por la Stampa de Turín, que rechazaba la dramatización de la pandemia –por lo tanto, no al cierre de las actividades no esenciales, llegado pronto– por los daños a la “reputación” de los grandes grupos italianos en las cadenas de abastecimiento europeas y globales. Es un ejemplo vivo de cómo pueda adquirir cuerpo una coalición entre grandes grupos, ámbitos político-editoriales, grupos medios y pequeña burguesía de la producción y de los servicios. La relación con el Ejecutivo, una oscilación entre un cierto condicionamiento rápido al gobierno de Conte y, en cambio, la capacidad de orientar en nombra de una línea general orientada sobre las directrices de la OMS, ha mostrado precisamente la dialéctica entre los intereses parciales de los grupos y las fracciones y la centralización pluralista del interés conjunto de clase.

 

Es necesario reflexionar hasta qué punto la fórmula de la democracia imperialista se ha revelado fecunda, no sólo marco teórico para actualizar la cuestión del Estado en la era del imperialismo, sino también como instrumento práctico de análisis político.

La situación no es sólo italiana; el tira y afloja entre el partido del PIB y los Ejecutivos implicados en las cuestiones vitales de salud pública recorre toda Europa, los Estados Unidos y también China. Ha sido necesario Bild, periódico alemán muy popular, espejo del sentido común, para mostrar mediante las palabras de un medio industrial de la electrónica que las elevadas disertaciones sobre los derechos, el estado de excepción y la libertad individual se traducen en la prosa banal y filistea de la base material del capital:

«Está claro que debe hacerse de todo por la seguridad y la salud de las personas. Pero también los expertos ponen en discusión que las medidas radicales, como la prohibición de salir, sean verdaderamente la solución adecuada. Aquí no se tiene en cuenta la entidad de los costes y los daños colaterales. ¿Queremos poner en riesgo con ligereza, la economía, el orden social y las libertades civiles?».

Los criterios analíticos de la democracia imperialista serán todavía más necesarios para comprender los combates futuros, donde el papel del Estado, de su potencia y de sus poderes será decisivo a la hora de dar una impronta al ciclo político. Por lo menos, esto vale en tres acepciones. En primer lugar por el tamaño colosal de la intervención de Estado en la economía, valorada por el Economist a comienzos de abril en 8 billones de dólares solamente en los EE.UU. y en la Eurozona. Francis Fukuyama, recoge L’Express, piensa que se volverá a un liberalismo «tal y como era en los años Cincuenta y Sesenta» donde «la economía de mercado y el respeto a la propiedad privada» coexistía con el intervencionismo del Estado.

En segundo lugar, la cuestión del papel del Estado valdrá para los planes de inversión en los sectores clave y para las medidas de protección relativa en aquellos mismos sectores, ahora que la crisis va mostrando la fragilidad de las cadenas globales del valor: de nuevo The Economist pone en guardia contra un futuro de «proteccionismo estratégico», mientras, en cambio, Pascal Lamy habla de «precaución»; una dosificación que llevará a los grupos globalizados a diferenciar la colocación de fábricas y abastecedores. Peter Altmaier, ministro alemán de Economía, defiende en Focus que la globalización será preservada, pero será necesario reflexionar sobre qué hacer para reducir la «dependencia unilateral» de las regiones individuales del mundo: una línea que reenvía a la noción de «soberanía tecnológica» europea, ya evocada tanto por Emmanuel Macron como por Angela Merkel

Finalmente, en tercer lugar, la cuestión de la potencia estatal vuelve a primer plano en las relaciones internacionales, donde la capacidad de reacción a la crisis pandémica y a sus recaídas económicas y sociales y ya ahora una dimensión de la contienda. Henry Kissinger, en el Wall Street Journal, parece querer advertir a Donald Trump cuando escribe que al final de la crisis «las instituciones de muchos países serán percibidas como fallidas», aunque dicha valoración tenga o no una base; el mundo «ya no será el mismo después del coronavirus» y ninguna potencia «ni siquiera los Estados Unidos», puede ganar a la pandemia «con un esfuerzo puramente nacional».

 

Los criterios analíticos de la democracia imperialista serán todavía más necesarios para comprender los combates futuros, donde el papel del Estado, de su potencia y de sus poderes será decisivo a la hora de dar una impronta al ciclo político.

 

Bastante sombrío, Richard Haass, presidente del CFR, reenvía a su texto de hace tres años A world in disarray, un mundo en desorden: escribe en Foreign Affairs que la pandemia imprimirá una «aceleración» de la historia, exaltando las tendencias hacia el desorden global que ya están en marcha, más que imprimir un viraje en una nueva dirección. Las tres tendencias clave son el «desvanecimiento del liderazgo americano», la «vacilación de la cooperación global» y la «discordia entre las grandes potencias». La pandemia no cambiará el desorden, «sino su extensión».

Una valoración extendida es que la disminución del papel americano está aventajando a China. Walter Russell Mead, en el Wall Street Journal, advierte que el «sentimiento de fracaso nacional» puede ser prematuro; la respuesta inicial de Trump ha sido «imperfecta» pero es pronto para decir, «los Estados Unidos en general comienzan lentamente». Robert Zoellick, en el mismo periódico, parece retomar la advertencia de Kissinger a no renunciar al papel de liderazgo americano, precisamente para influir sobre China. Pekín quiere promover una «globalización con características chinas»; arrastra hacia su lado a las organizaciones existentes, como la OMS, la OMC y el FMI; ofrece ayudas según la tradición china de «lazos tributarios». El liderazgo americano, junto a los aliados, «puede empujar a China en direcciones constructivas».

El debate chino, como sucede a menudo, está en un claroscuro. Para muchos, la crisis marca el final del siglo americano, pero las opiniones divergen sobre las consecuencias. Wang Wenwen, en Global Times, escribe que esta vez «los Estados Unidos no han dado ningún ejemplo». Pero China no tiene tiempo, capacidad o voluntad de tomar el lugar de los Estados Unidos; Pekín quiere una cooperación más fuerte. Zhang Tengjun, del CIIS de Pekín, es más malicioso: durante la crisis muchos países se has dirigido a China antes que a los EE.UU., pero sea visto que la ausencia del liderazgo americano «no era el fin del mundo». De nuevo para Global Times, en un editorial no firmado, la pandemia tendrá un impacto sobre el orden mundial y provocará desórdenes; los nacionalistas y los populistas pueden encontrar más espacio y «es probable que China se convierta en el objetivo de ciertos líderes occidentales que quieren desviar la rabia y la desilusión de sus poblaciones». «La impulsividad y la irracionalidad» pueden prevalecer en Occidente sobre la reflexión, y Pekín puede que tenga que afrontar «riesgos más serios en la arena política internacional». Hay poco tiempo, y China debe preparase ahora «sobre todo en términos de potencia estratégica que pueda obligar a los desafiantes a estar tranquilos».

De nuevo The Economist se pregunta: «¿Está ganando China?»; y ve «consecuencias geopolíticas» del coronavirus que pueden ser «sutiles, pero desfavorables». Quizás Pekín, más que estar interesada en dirigir el mundo, quiere asegurarse que otras potencias no quieran o no se arriesguen a enfrentarse a ella. Pekín tiene grandes ambiciones, combinadas con la cautela impuesta por la tarea poderosa de tener que gobernar a 1.400 millones de habitantes. «No tienen la necesidad de crear desde cero un nuevo orden mundial basado en reglas. Pueden preferir la continuación de la presión sobre los pilares inestables del orden construido por América después de la Segunda Guerra Mundial, de modo que la China en ascenso se vea vinculada».

Finalmente Europa. Según un estudio del centro CAPS del ministerio de Asuntos Exteriores francés, se encuentra frente a un «test vital», en el momento en que China se hace «indispensable». Le Monde señala que la Comisión UE está particularmente en el punto de mira del centro de estudios del Quai d’Orsay; Ursula von der Leyen había una anunciado una «lógica geopolítica» y, en cambio, habría manifestado hasta ahora una aproximación sobre todo «jurídica» y «la incapacidad de promover una coordinación estrecha, frente a los reflejos de los Estados nacionales».

Una valoración tan crítica está relacionada con la posición de Francia en la confrontación que ha recorrido al Eurogrupo y al Consejo Europeo, donde está en cuestión un «Fondo para la Recuperación» que se añadiría a los 540 mil millones de euros asignados mediante los tres pilares del ESM, del BEI y del sistema SURE de reaseguración sobre la desocupación. Aquí el debate holandés, en marcha desde hace al menos un par de años, muestra una confrontación muy articulada, precisamente donde la cuestión de los poderes europeos se entrecruza con las incógnitas de la soberanía estratégica de la Unión y, por lo tanto, de su capacidad entre los Estados Unidos y China.

 

La cuestión de la potencia estatal regresa al primer plano en las relaciones internacionales, donde la capacidad de reacción a la crisis pandémica y a sus recaídas económicas y sociales ya es ahora una dimensión de la confrontación en la contienda.

En Clingendael Spectator, la revista del Instituto Holandés de Relaciones Internacionales, Duco Hellema de la Universidad de Utrecht argumenta que para los Países Bajos la integración europea siempre ha estada subordinada al «nexo atlántico», pero el Brexit y la presidencia Trump obligan a nuevas elecciones estratégicas. La lealtad atlántica, al menos hasta el momento en que regía el reparto de Yalta, servía para mantener el status quo de las relaciones en Europa Occidental y para evitar un intento francés y alemán de asumir un papel político dominante. Junto a esto, la imagen que los Países Bajos tienen de sí mismos es la de una «pequeña potencia» colocada sobre la «línea de falla» entre dos esferas de influencia; la continental y la anglosajona. Con el final de la Guerra Fría, Holanda ha oscilado, primero buscando una política más orientada hacia la UE y después volviendo sobre una línea más euroescéptica, hasta la victoria del No en el referéndum de 2005 sobre la Constitución Europea. En las nuevas condiciones determinadas por el Brexit, por la crisis de los refugiados y por el empeoramiento de la amenaza rusa y el unilateralismo de Trump, según Hellema está claro en Holanda la «insuficiencia» de la combinación habitual entre la orientación atlántica y la reticencia sobre el reforzamiento político de la UE, aunque no están claras las posibles alternativas.

 

El debate holandés, en marcha desde hace al menos un par de años, muestra una confrontación muy articulada, precisamente donde la cuestión de los poderes europeos se entrecruza con las incógnitas de la soberanía estratégica de la Unión y, por lo tanto, de su capacidad entre los Estados Unidos y China.

 

En el debate reflejado por el Clingendael Spectator aparecen minoritarias tanto las posiciones francamente atlánticas como las abiertamente europeístas. Otras dosificaciones, han emergido en un informe sobre el «juego europeo de las coaliciones» publicado en marzo de 2018, y se entrevén hoy en el actuación del Consejo Europeo de un compromiso franco-alemán, donde Berlín parece poder atraer al Norte de Europa y París negociaría el consenso del frente mediterráneo.

Una cuestión es hasta qué punto Holanda puede confiar en la coalición con algunos países nórdicos, la denominada Liga Hanseática. Según Adriaan Schout, el «hilo rojo» de la situación holandesa en Europa es «la oposición a los planes franceses» y, cuando Alemania ha buscado el compromiso con Francia, Holanda ha intentado orientar lo más posible estos acuerdos en dirección opuesta a París. La agenda europea promovida por Francia contiene propuestas que pueden llevar a una «unión de las transferencias» y a compromisos laxos entre París y Berlín que a largo plazo pueden tener consecuencias no deseadas para La Haya; por ejemplo, una tasa europeo, o quizás el intento de poner al ESM bajo el control de la Comisión. Sobre una serie de cuestiones, defiende Schout, los países nórdicos no son los aliados ideales sino «socios limitados»: Holanda debe decidir sobre qué sujetos tener una posición de interdicción, aunque por sí sola «sin coalición».

Otras intervenciones, más numerosas, también ven los límites de una coalición de pequeños países, pero concluyen que la solución es jugar el paseo para acompañar a Alemania, influyendo sobre el compromiso franco-alemán. Para Hanco Jürgens, del Instituto de Estudios Alemanes de la Universidad de Ámsterdam, donde Macron quiere avanzar, Merkel frena; en la Unión Europea se abre un proceso de negociación en el que Holanda puede jugar un papel importante, ayudando a Alemania a dar a las propuestas francesas un sello alemán. En su intervención a mediados de abril en el NRC Handelsblad, Jürgens ha defendido que La Haya se ha encontrado aislada, y que la estrategia de defender una posición dura con una coalición de pequeños países es «improductiva». La vía para los Países Bajos es una cooperación constructiva con Alemania, «su aliado más natural».

Rem Korteweg, de nuevo en el informe de marzo de 2018 sobre las coaliciones en Europa, defiende que después del Brexit la línea hanseática es insuficiente, y que son necesarias coaliciones más amplias y una agenda constructiva. Sin contrapesos, existe el riesgo de que Macron pueda arrastrar a Alemania a una integración europea más profunda. En cambio, la Liga Hanseática, con el aval alemán, puede recoger un «ala derecha europea», y permitir a Angela Merkel una posición más central, que encarne un compromiso entre Francia y los países del Norte. En relación a esto, señalamos, Kortweg ve «una oportunidad fallida» en el hecho de que la red de alianzas de Holanda se haya extendido también a España. Asimismo Jan Rood, de la Universidad de Leiden, sugiere aprovechar las afinidades con Alemania para ser un socio en los contenidos y no un «contrapeso»; por lo demás, para tener influencia en el Consejo Europeo Holanda debe tener alianzas, y sin grandes países como Alemania y Francia, después de la salida de Gran Bretaña, ya no es posible una coalición vencedora.

Finalmente también Tom de Bruijn, presidente del Consejo de Vigilancia del Instituto Clingendael y exrepresentante holandés en la UE, está de acuerdo en la necesidad de que La Haya se posicione con Berlín para resistir a las ofensivas francesas, pero añade una nota: aunque Alemania sea un «aliado natural» de los Países Bajos, sigue siendo un «socio incierto», porque al final para los alemanes la cooperación estratégica con Francia y el interés común en la unidad europea van delante de la defensa en sentido estrecho de sus intereses.

 

Macron indica en el denominado «P5», los cinco miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, el ámbito en el que podría comenzar esta reflexión. El detalle es revelador, porque delinea los contornos de una oferta política que París parece querer dirigir a Moscú y a Pekín.

Por lo tanto, también el debate holandés muestra que el lugar del compromiso europeo sigue siendo el eje renano, pero permite comprender hasta qué punto el proceso político puede llevar a aquel resultado por su naturaleza complicado, contradictorio, y que requiere tiempos que a menudo son más largos de los impuestos por el ritmo de la contienda. Desde varios lugares se dice que «vuelve el Estado»: esto que para el liberalismo anglosajón es visto como motivo de alarma, para la tradición estatalista francesa se siente como una oportunidad. En la Unión, esto significa que la crisis Covid-19 vuelve a proponer en términos renovados la cuestión del nivel de centralización de los poderes europeos. No obstante, esta centralización, que es la capacidad de acción política autónoma, debe acompañarse de una definición de la colocación de Europa en la aceleración de la mutación de potencia. No debe escapársenos que la reticencia holandesa, al final, tiene esta base política; si se resiste a una mayor integración europea es porque se percibe como una debilitación del nexo atlántico. La Haya también recorre en esto a las dosificaciones que utilizó Londres, con un recurso a asociar en sus coaliciones a países que no forman parte de la eurozona: tal y como hemos visto, una manera de dificultar los intentos franceses de avanzar reforzando la federación del euro como núcleo duro de la Unión.

Una nueva entrevista de Macron en el Financial Times actualiza a la nueva fase del coronavirus la cuestión de la autonomía estratégica europea. El presidente francés defiende que la crisis puede ser una oportunidad para el multilateralismo, porque obligará a volver a revisar la «gramática»:

«El multilateralismo estaba amenazado porque, de hecho, estaba sometido a la hegemonía. O en cualquier caso sometido a las potencias que ya no querían respetar las reglas del juego, porque ya no tenían interés. Cuando el orden de la globalización se convierte nuevamente en sinónimo de interdependencia comprendemos que hay cosas que pertenecen a la soberanía y, por lo tanto, a los Estados, no a otras potencias. Y al mismo tiempo hay cosas que no se pueden reducir a los Estados y que pertenecen al bien común: la educación, la salud, el clima, la biodiversidad. Aquí tenemos la gramática de algo que obliga a las potencias a cooperar».

La prospectiva para Macron es una mutación antropológica que todavía es difícil de definir, pero en la que «redescubriremos que hay elementos de soberanía, que hay elementos de autonomía estratégica, de soberanía nacional, autonomía estratégica regional, y que hay elementos de interdependencia global, que nos obligan a reconstruir una verdadera governance y, por lo tanto, un multilateralismo».

Macron indica en el denominado «P5», los cinco miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, el ámbito en el que podría comenzar esta reflexión. El detalle es revelador, porque delinea los contornos de una oferta política que París parece querer dirigir a Moscú y a Pekín. El multilateralismo hegemónico que hoy vacila, entendemos, es el orden posbélico garantizado por los Estados Unidos. La nueva gramática que tenga en cuenta la «soberanía» y la «autonomía estratégica regional» se refiere ciertamente a la Unión Europea, en su declinación francesa, pero también a Rusia y China.

 

Si la primera consecuencia estratégica de la pandemia es la aceleración de las tendencias en marcha hacia la erosión de las estructuras globales, la retirada relativa americana y el ascenso chino debilitan las mallas del viejo orden. París ve la oportunidad estratégica para una Europa potencia.

Se ha dicho de Pekín: un orden que no se proponga dificultar el ascenso chino, según la lectura del Economist, se presenta precisamente como un multilateralismo reformado. Un propósito parecido, tal y como hemos visto en este periódico el mes pasado, es enunciado en la doctrina Putin, donde el presidente Putin plantea una negociación que tenga como presupuesto la «soberanía» y a «cuadro jurídico común» que, no obstante, no pretenda «la imposición de un solo y único canon verdadero para todos», Donde Vladimir Putin también hace referencia «a los intereses de los países en vía de desarrollo, incluidos los que afrontan las cuestiones de la modernización de la industria, del sector agrícola y de la esfera social», se entiende la petición de que un nuevo orden no se oponga al papel del capitalismo de Estado en las potencias emergentes: una globalización menos orientada por los cánones liberales del Washington Consensus, que puede ser ofrecida a Pekín pero también a las potencias medianas y pequeñas.

Por lo tanto, si la primera consecuencia estratégica de la pandemia es la aceleración de las tendencias en marcha hacia la erosión de las estructuras globales, la retirada relativa americana y el ascenso chino debilitan las mallas del viejo orden. París ve la oportunidad estratégica para una Europa potencia.

Lotta comunista, abril de 2020

 

Crisis pandémica y potencia estatal

Un tema esencial de la concepción liberal dominante es la contradicción que nunca se puede resolver de manera definitiva entre la libertad de los individuos y la seguridad que se les garantiza por el Estado. En la crisis sanitaria, económica y social provocada por la pandemia del Covid-19, se tenga conciencia o no, se refieren a aquella concepción ideológica las discusiones actuales sobre el confinamiento en casa de la población, sobre el riesgo de aceptar aquellos límites a la libertad personal como un precedente, sobre lo aceptable del rastreo informático individual como medida para limitar el contagio y, sobre todo, el enfrentamiento sobre la sostenibilidad del bloqueo selectivo de las actividades económicas en la industria y en los servicios. Sobre el terreno de las libertades individuales, se levantó una discusión similar por las medidas contra el terrorismo, especialmente después del 11 de septiembre en los Estados Unidos y las masacres del Bataclan y de Niza en Francia.

Por lo tanto, la dialéctica entre libertad y seguridad, entre individuo y Estado, es un clásico de la teoría liberal: aquí nos remontamos a la excelente síntesis de Angelo Panebianco en el texto El poder, el Estado, la libertad. La seguridad es la condición necesaria para el ejercicio de la libertad, pero si por un lado requiere seguridad a la política, al Estado, por el otro requiere seguridad “contra” la política y contra el Estado; la protección es al mismo tiempo una amenaza o una limitación. Una sociedad abierta requiere la primacía de los individuos y de la sociedad civil respecto al Estado, que se querría que tuviese un papel mínimo. En realidad, la política y el Estado mantienen un papel mucho mayor del auspiciado por el individualismo liberal y esto limita la libertad.

Aquí la teoría dominante se divide y se articula en una serie de variantes, en relación a las soluciones que pueden contener o equilibrar la injerencia del Estado y su amenaza a la libertad.

Una variante es economicista, el «market liberalismo». Cuanto más desarrollado, libre y en manos privadas está el mercado, menor es el espacio del poder político. Es la base de la Ilustración escocesa, de la escuela austriaca, de los «liberales» italianos, de la Escuela de Chicago, hasta llegar al denominado anarco-capitalismo; esta variante asume incluso que «la libertad económica es la condición principal para la subsistencia de la libertad política, así como, en la esfera cultural, de la libertad expresiva y creativa».

Una segunda variante es sociológica, basada en la teoría del «pluralismo social». Una pluralidad de centros de poder independientes del poder político puede equilibrarlo y contenerlo «además de obligar a estos poderes a equilibrarse y a contenerse entre ellos». La condición de este «pluralismo social» es la existencia de una numerosa y diversificada «clase media».

Una tercera variante es jurídica, basada en el «Derecho»: el poder político puede ser sometido a leyes que lo limitan y lo disciplinen, hasta llegar al ideal de un «gobierno de la ley» que sustituya al «gobierno de los hombres». Una cuarta variante es político-institucional. No basta la norma, «la organización de la esfera política» es determinante para limitar el poder político; el «fraccionamiento» del poder y el «equilibrio» entre poderes institucionales pueden tutelar la libertad.

Señalamos que si, a menudo, estas variantes se sobreponen en las diversas escuelas teóricas, es verdad que el liberalismo de mercado es el que está más unido a la cultura política anglosajona, mientras que el acento jurídico e institucional es más la marca del área europea continental. La impronta de la cultura política británica y americana, más centrada en la primacía de la economía se asocia a la libertad individual máxima, también se ha visto en las reacciones iniciales a la crisis pandémica en Gran Bretaña y en América. Unas tradiciones políticas que han llegado al Brexit en la nostalgia por la alta mar imperial, o que han elegido a un presidente empapado del individualismo jacksoniano, debían ser reticentes a un confinamiento personal o productivo decidido por los poderes del Estado. En todo caso, ahora en la segunda fase de la crisis, la de sus consecuencias económicas y sociales, cuando la intervención pública colosal de los gobiernos y de los bancos centrales tiende a trasladar el acento sobre la primacía de la política de la tradición europea.

También señalamos que la teoría de la democracia imperialista que Arrigo Cervetto desarrolla a partir de las tesis de Lenin sobre el Estado precisamente toma en consideración las bases clásicas de la teoría liberal, actualizadas en el siglo del imperialismo: en este sentido reconoce “verdad” a la concepción burguesa de la separación y del equilibrio de los poderes –se trata de regularidades políticas del envoltorio estatal de la clase dominante– pero le da una interpretación materialista sobre la base de la lucha de las clases y de los grupos y de las fracciones de clase.

La teoría materialista no está basada en la contradicción entre el Estado y la sociedad civil, como en la ideología liberal: en todo caso es el joven Marx, todavía demócrata radical, quien defiende aquella interpretación. En cambio, la base es la teoría del Estado democrático como mejor envoltorio para el dominio de clase, la mejor expresión de la clase dominante y su garantía. Por lo tanto, no está en juego en abstracto la libertad de los individuos, su voluntad libre como en el mito del individualismo liberal, sino que están en cuestión las voluntades de las cuotas individuales del capital social. Los capitalistas son quienes tienen la necesidad del Estado como expresión de su voluntad general, tanto como instrumento del control sobre la clase dominada como para impedir que los intereses parciales de cuotas individuales del capital prevalezcan sobre el interés general de la clase dominante.

Al igual que para la teoría liberal la contradicción entre la libertad y la política, el Estado, no está resuelta nunca definitivamente, tampoco para la teoría de la democracia imperialista nunca está resuelto el dilema de la centralización pluralista de las voluntades de los grupos individuales. Es decir: los grupos o fracciones individuales siempre intentarán apropiarse de los poderes del Estado o, al  menos, ejercer su influencia unilateral; de manera regular la dinámica de la separación de poder y de los cheks and balances, los controles y contrapesos, intentará intermediar y centralizar el interés global. Esto que la ideología liberal presenta como el dilema que nunca se puede resolver entre la libertad y el Estado, para la teoría de la democracia imperialista es la dinámica nunca resuelta de manera definitiva entre las voluntades parciales de los grupos y fracciones individuales y su centralización en los poderes del Estado.

Lotta comunista, abril de 2020.

 

 

 

 

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