Instituto Sergio Motosi para el Estudio del Movimiento Obrero Internacional
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el Internacionalismo

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Sumario 95 - Febrero de 2019

1)  Democracia imperialista y mito social-nacional

100 años del asesinato de los jefes espartaquistas
2)  Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht 

Observatorio de París
3) “Momento Tocqueville” para el europeísta Macron 

Crónicas europeas
4) Los poderes políticos británicos agarrados por el desequilibrio 

5) Acuerdos y cinismo de potencia en el partido sirio 

6) Hacia la próxima crisis 

7) Armisticio a tiempo entre América y China

8) Crisis de la socialdemocratización y equilibrio de poderes en el nuevo ciclo político 

Elecciones en Estados Unidos
9) Democracia televisiva y declive americano 

Crónicas de la Ruta de la Seda
10) Los terceros mercados, la apuesta del reparto 

Gigantes de Asia: la crisis de la “Revolución Cultural”
11) El despertar de los pequeños señores de la guerra

Los grandes grupos en China
12) State Grid y Southern Grid 

La batalla de las telecomunicaciones

 

La batalla mundial del automóvil
14) Guerra de baterías para el coche eléctrico 

15) La autonomía de clase es el punto de referencia

Democracia imperialista y mito social-nacional

«Al analizar el proceso de producción y de distribución del capital, el proceso de producción y de subdivisión de la plusvalía, Marx y Engels analizan la base real de las clases, de las fracciones y de los estratos. No sólo no podían pasar por alto la superestructura de las instituciones, sino que ellos mismos las descubrieron. ¿Qué corresponde al beneficio, la renta, etc.? Las fracciones. ¿Cómo se manifiestan políticamente? Con las corrientes y los partidos».

De este modo Arrigo Cervetto en febrero de 1978, en una conferencia que deja el rastro de una lucha política, parte de la batalla política de la crisis de reestructuración de los años Setenta. Con aquella crisis se debilitaban los fundamentos del ciclo político del capitalismo de Estado; en la zona alemana había comenzado el nuevo ciclo político del liberalismo imperialista que pronto se verificará en la zona anglosajona en las líneas de Margaret Thatcher y Ronald Reagan. La reestructuración que afectaba a los grandes grupos de Estado y cuestionaba el peso del gasto social y del gasto público ponía en tela de juicio las teorías y las ideologías de la intervención estatal en la economía.

La «crisis de la teoría política burguesa», argumenta Cervetto en un editorial de diciembre de 1977, se difundía como una«crisis del marxismo», cuando en cambio era una«crisis de la teoría de la planificación y de la programación»:

«Sectores económicos enteros entran en crisis en las metrópolis y se expanden vertiginosamente en los jóvenes capitalismos. Entran en crisis todas las políticas económicas de los Estados imperialistas. Entran en crisis todas las teorías reformistas y oportunistas. La teoría política de dos ciclos de la fase imperialista se derrumba miserablemente. En sus variantes pequeño burguesas este derrumbe quería denominarse “crisis del marxismo”, poniendo la etiqueta marxista al capitalismo estatal».

Uno de los temas de esta campaña ideológica, que en Italia en 1977 había acompañado a las agitaciones confusas de los movimientos de desocupación intelectual, era la acusación al marxismo de no tener una teoría política, de falta de un análisis serio de la «democracia representativa», de la «relación entre los diferentes poderes», del«papel de los partidos», del «papel de la burocracia», de la«función del Estado en el ciclo económico».

En realidad, refuta Cervetto en la conferencia de febrero de 1978, «toda la estrategia de Marx y Engels» se basa en el análisis de las clases, fracciones, estratos de clase y grupos clave en su relación dialéctica con la superestructura política. De ahí el análisis de «todos los aspectos de la democracia», del «sistema de los partidos ingleses», de la «subdivisión del poder político y del poder gubernamental». De ahí también el rechazo a la teoría de Ferdinand Lasalle que concebía a la clase dominante como «única masa reaccionaria» 

El concepto se retoma en el editorial “El pluralismo del poder económico”del siguiente mes, con una exposición que nos es conocida:

«El marxismo siempre ha considerado el esquema conceptual del pluralismo y del equilibrio de los poderes. Marx y Engels han estudiado en profundidad, durante toda su vida, las luchas políticas en Francia, en Inglaterra y en Alemania. Casi un siglo de luchas políticas de las fracciones burguesas en los países industrialmente más avanzados han pasado bajo su lente teórica, y fenómenos políticos como el bonapartismo, el conservadurismo, el liberalismo y el bismarckismo han encontrado el análisis materialista más completo. Definiciones como el equilibrio de poderes, poder político, poder gubernamental han encontrado en el marxismo su sistematización científica. Lenin ha podido aplicarlo con éxito en el análisis de la situación rusa. Igualmente puede y debe ser aplicado a la situación actual».

En la relación de febrero volvemos a encontrar una fuente de reflexión después sintetizada en el periódico; el combate también tenía la implicación interna de orientar a la nueva quinta de militantes que se había acercado al partido en la táctica en la crisis del sistema escolar. La«teoría del equilibrio de poderes», sostiene Cervetto, es una«modernización en la fase imperialista» de la teoría política burguesa:

«¿Tal vez negamos la teoría del equilibrio de poderes? ¡No! Cierto, para nosotros hay una pluralidad de poderes. Pero el poder es tal si tiene una base real, o sea si es una potencia real. [...] El equilibrio de los poderes es el equilibrio entre las instituciones que regulan las luchas entre las fracciones, es decir, entre los poderes reales.

Solo una versión burda del materialismo histórico, una versión a la que le falta una teoría política o teoría de los poderes, no analiza las fracciones y sus luchas. O sea, no analiza la política».

Los «críticos del marxismo» demostraban conocer solo aquella versión burda, e ignoraban que la «sociología pluralista»derivada de la revisión oportunista desarrollada por los «austro-marxistas» de la teoría marxista de la política, de las fracciones, de los poderes:

«A la forma específica del capital, o sea en la forma democrática del capitalismo más avanzado, le era necesaria una modernización de la teoría del equilibrio de poderes. Eso sucedió a través del austromarxismo».

 

Crisis de la socialdemocratización y equilibrio de poderes en el nuevo ciclo político

 

Cervetto hacía referencia a la socialdemocracia austriaca y a las teorías de Karl Renner y Otto Bauer, en Viena antes y después de la catástrofe bélica de 1914-1918, y a su relación con Hans Kelsen, jefe de la escuela del pensamiento jurídico democrático. Renner, separándose de la concepción marxista que ve al Estado como la expresión de clase dominante, había pasado a apoyar en concordancia con Kelsen la «neutralidad» del Estado como instrumento de «técnica social». Bauer, en uno de los intentos más sofisticados de revisión del marxismo, había teorizado una condición de «equilibrio» entre las clases en la que el Estado, encontrándose en una condición de autonomía respecto a las fuerzas y a los intereses contrapuestos, podía ser dirigido e influenciado en sentido reformista.

Antimarxista pero cercano a los socialdemócratas, Kelsen en 1920 será consejero de Renner en la Cancillería y participará en la redacción de la Constitución de la primera república austriaca, definiendo lo que será el primer modelo europeo de Tribunal Constitucional. «El poder judicial – leemos en un apunte de Cervetto de 1981– como garantía del equilibrio en el enfrentamiento entre fracciones a través del Legislativo y el Ejecutivo». Sobra decir que los propios tribunales, como muestra el ejemplo norteamericano, están divididos en cada nivel por el enfrentamiento entre grupos y fracciones.

No podemos detenernos más, sino para observar la particular circunstancia histórica de la lucha política en Viena en la primera posguerra, entre los escombros del derrumbe catastrófico del Imperio Habsburgo sobre los cuales se refleja el incendio de Octubre de 1917 y de la guerra civil en Rusia. Bauer se vio empujado a teorizar sobre el «equilibrio» entre las fuerzas de clase por el estancamiento que se había creado en el Legislativo austríaco entre los socialdemócratas y los populares. En cuanto a Kelsen, en boceto autobiográfico, proporciona esta explicación de los orígenes en su Teoría pura del Derecho:

«Frente al Estado austriaco que estaba formado por muchos grupos diferenciados por raza, lengua, religión e historia, las teorías que buscaban construir la unidad del Estado sobre algún nexo socio-biológico entre las personas que jurídicamente pertenecían al mismo Estado se revelaban con toda claridad como ficciones. En la medida en la que esta teoría del Estado constituye una parte esencial de la Doctrina pura del derecho, esta última puede ser considerada como una teoría específicamente austriaca».

Proseguimos con el hilo de la conferencia de febrero de 1978. «Cada teoría tiene una función social», explica Cervetto; el propósito principal de la «sociología pluralista» que aterrizó en el área anglosajona era «dar una teoría a la lucha de fracciones», mientras que era «secundario» combatir al marxismo:

«La tarea de combatir el marxismo se había ubicado concreta y socialmente en el área alemana, donde la revolución democrático-burguesa había llegado la última y, por lo tanto, el proletariado se vio favorecido por la radicalización de la lucha de clases teórica, política y económica. [...] También por esta razón la confrontación teórica, y consecuentemente la política, alcanza el nivel más alto, motivado por el “desarrollo combinado” y la “revolución doble” en el área eslava».

El desarrollo combinado y la revolución doble deben vincularse a la condición particular del desarrollo capitalista en Rusia en su relación con el mercado mundial, y la sucesión entre la revolución democrático-burguesa de Febrero y la proletaria de Octubre. Los dos asaltos de la revolución doble estaban conectados en la estrategia internacional de Lenin a la creciente presión sobre las masas por las oleadas de la guerra, donde el derrotismo revolucionario y la consigna de la «paz inmediata» habrían unido al proletariado ruso de vanguardia de Petrogrado con el inmenso territorio interior del campo ruso. Aquella misma estrategia internacional requería, con todo, que la revolución de Octubre, cabeza proletaria sobre un cuerpo campesino, no se quedara aislada, y fuese solo el primer eslabón de la revolución en Europa.

«Mientras que en el área eslava, con el leninismo, la confrontación teórica no fue vencida hasta la verificación práctica, en el área alemana la burguesía vence con el revisionismo. Quizás era inevitable dado lo que estaba en juego.

La victoria teórica con la estrategia o la ciencia aplicada habría llevado a la revolución proletaria, mientras que en el área eslava llevó únicamente a la revolución doble. Es natural que contra el marxismo se haya movilizado en la zona alemana al máximo la teoría política burguesa y pequeño burguesa: la sociología del poder, la teoría de la élite, la crítica pesimista a la democracia.

El revisionismo, por su parte, retoma la teoría política marxista sobre las fracciones, sobre las estratificaciones, sobre el equilibrio de poderes y las descompone de modo ecléctico y conservador. Estas teorías burguesas y pequeño burguesas sobre la política (clases y Estado) lograron impedir la difusión de la ciencia marxista en el proletariado, todavía quedaba una amplia base de fuerzas productivas por desplegarse. Se quedaron en el estadio de incubación “intelectual”. Solo con el trasplante en el área anglosajona pudieron florecer».

El hecho de que la incubación de las teorías políticas por el imperialismo y«el máximo nivel de confrontación teórica» antimarxista se produjese en el área alemana y no en la anglosajona confirma según Cervetto la concepción dialéctica y no mecanicista del método materialista; «en la acción y reacción recíproca de todos los factores, y a través de estos, el movimiento económico acaba por consolidarse como elemento necesario en medio de la masa infinita de cosas accidentales».

Aunque después fueron transformadas y reelaboradas en el mundo académico anglosajón, tesis que se habrían convertido en el arsenal ideológico de la democracia imperialista en las potencias más avanzadas, habían sido concebidas en el carácter particular de los círculos intelectuales de Viena. No se debe pasar por alto al sopesar todos los elementos de la conferencia de 1978, la pedagógica ironía con la cual Cervetto se dirigía a la nueva generación de jóvenes estudiantes, que en su boletín universitario habían tratado el tema del ataque a la teoría marxista de la política con una buena dosis de ingenuidad, dejando agujeros en las teorías democráticas allí donde creían haberlos cerrado. Precisamente, las teorías del pluralismo con las cuales se quería acusar al marxismo de falta de una ciencia política habían sido incubadas y fertilizadas medio siglo antes justo de la confrontación revisionista con la teoría de Marx y Engels.

Señalamos que una reflexión análoga había sido argumentada por Cervetto dos meses antes en el editorial “La crisis de la teoría política burguesa”, a propósito del intervencionismo estatal en la economía en el ciclo entre las dos guerras mundiales. En aquellas dos décadas tormentosas, el capitalismo de Estado había buscado sus teorías y sus ideologías, y una de sus fuentes había sido precisamente el comercio intelectual entre Viena y la República de Weimar:

«Toda una serie de ideologías pequeñoburguesas, espejo del permanente debilitamiento, de la impotencia y de la veleidad de los estratos sociales intermedios, proporcionan el trasfondo cultural para la exigencia de la gran burguesía de un Estado imperialista y constituyen las variantes del ruso con el estalinismo y el socialdemócrata con la teoría del “capitalismo organizado” como tendencia mundial.

La teoría de la gran burguesía es la que toma cuerpo en las mayores metrópolis en nombre del keynesianismo y del dirigismo. El terreno cultural había sido preparado por los sociólogos del poder, quienes, para combatir al marxismo, habían intentado dar la vuelta al fundamento de la concepción materialista de la política, es decir, de la teoría marxista del Estado».

Para estos teóricos escribe Cervetto –para Max Weber, Roberto Michels, Gaetano Mosca, Vilfredo Pareto– «las clases no son el producto de las relaciones sociales de producción sino de las relaciones jurídicas de poder, la división social no existe entre los explotadores y los explotados sino entre los dirigentes y los dirigidos, entre los gobernadores y los gobernados, entre los organizadores y los organizados». Entre el pueblo y la élite podemos añadir hoy, como vulgariza la retórica del nuevo populismo propietario. Y después:

«Viejas teorías sobre la “primacía de la política” expresadas ya en el Ochocientos por los capitalismos alemán y francés, más débiles y derrotados por el capitalismo anglosajón más fuerte, se despliegan nuevamente en el área alemana de donde nunca habían desaparecido y se readaptan en el área anglosajona donde se necesitaban».

Dos observaciones concluyen aquella relación de febrero de 1978. La primera se acerca mucho a la reflexión sobre las formas de la democracia imperialista que creemos que debe afrontarse hoy para comprender el desarrollo y las contradicciones del nuevo ciclo político y de la crisis de la socialdemocratización. Quizás es más importante ver, prosigue Cervetto, por qué aquella confrontación teórica no tiene lugar en el área francesa. Aquí la teoría democrática estaba dominada por la herencia de las corrientes de la Revolución Francesa, «en la versión Rousseau, jacobina y girondina», unidas por el principio de la «primacía francesa»:

«Desde Francia nunca habría llegado una modernización imperialista sobre una teoría pluralista, teoría del equilibrio de poderes, teoría de la élite.

Esto solo podía llegar desde la zona alemana, donde la confrontación con el marxismo no podía ser justa con el pueblo de Rousseau, sino que debía dividir al pueblo en estratificaciones, élite y equilibrio de poderes para refutar el análisis marxista de las clases, de las fracciones y de la política.

En Francia no había una confrontación marxista. La teoría democrática preimperialista predominaba. Sin el trasplante alemán en la tierra anglosajona la planta democrática francesa se habría ya secado».

Fijemos este concepto, con el «pueblo de Rousseau» la burguesía en el Novecientos imperialista no habría ido a ninguna parte. Ha tenido que enfrentarse a la escuela para tener una teoría democrática a la altura de los tiempos, adaptando la teoría preburguesa de los tres poderes de Montesquieu –calco de la dialéctica entre la monarquía, la aristocracia y el Tercer estado de la naciente burguesía– en la era de la centralización pluralista de la voluntad de las grandes concentraciones del capital. El pragmatismo anglosajón, si se quiere, y el dominio de aquella área económica después de la destrucción de dos guerras mundiales, posteriormente ha hecho suyas y generalizado las soluciones teóricas e ideologías, convirtiéndolas en la forma prevaleciente de la democracia imperialista. A su modo, son las fuentes y las partes integrantes de su ideología democrático-imperialista: formas políticas nacidas en 1789 en Francia han sido reelaboradas teóricamente en la Europa Continental entre las dos guerras, y después han sido trasladadas al mundo anglosajón, con su poca inclinación a las abstracciones, para después volver al Viejo Continente después de la Segunda Guerra Mundial, travestidas de producto de importación.

Si nos fijamos en la crisis del Brexiten Gran Bretaña, y la de los gilletgiallien Francia y también en el choque entre presidencia y Congreso en los Estados Unidos, se verá que es de esto de lo que se está hablando. Una característica clave de la democracia imperialista es el predominio sobre el Legislativo del poder ejecutivo, verdadero ámbito donde la centralización pluralista puede adquirir también eficacia y rapidez de ejecución. En Londres, el Ejecutivo de David Cameron hace tres años renunció a su papel, confiando a una tirada de dados del referéndum una decisión estratégica, la pertenencia a la UE, que debería haber sido capaz de terciar y preservar en las prerrogativas de su gabinete. Como ilustramos nuevamente sobre este periódico, en la escuela inglesa se presenta como «dictadura electiva» aquella forma de centralización, pero ahora la paradoja es que los municipios están tratando de equilibrarla, es decir, la prospectiva de que vuelva a tomar un peso el Legislativo, hipotecado por los particularismos y por la sobrevaloración electoralista de la pequeña burguesía y los estratos intermedios, pone en riesgo en el futuro precisamente la eficacia de aquella centralización pluralista para los grupos fundamentales.

No solo haber llamado al «pueblo de Rousseau»al referéndum no resolvió el rompecabezas, porque aquella «voluntad general»postiza no responde a los intereses de las fracciones clave de la gran industria y de la City. Además, se ha señalado como el germen de la crisis en el equilibrio de controles y contrapesos de la democracia imperialista británica, un hecho fundamental del cual se había perdido la noción: aquella dinámica en cuarenta años se había convertido en inseparable de los poderes de la UE, y la eficacia del Ejecutivo en su «dictadura electiva» dependía en términos esenciales de la presencia británica en el Consejo europeo para definir la legislación, o en la Comisión europea para regular el mercado único, relaciones comerciales externas o normativa financiera.

Es curioso, pero en el fondo bastante característico, que la discusión se produzca en París, aparentemente en dirección opuesta a la inglesa, pero en el fondo, objetivamente, la cuestión es la misma: cómo garantizar un consenso de masas frente a las oscilaciones de los estratos intermedios atemorizados por el espectro del declive y de las restricciones del ciclo descendente de la socialdemocratización. Una«híper-presidencia»con pocos contrapesos eficaces y privada de cuerpos intermedios a los cuales dirigirse, esta es la Vulgata, se convierte en el punto de mira y el chivo expiatorio de cualquier insatisfacción y, paradójicamente, la «crisis del parlamentarismo» se ve como una contradicción. La presidencia de Macron, como mostramos también en otra parte del periódico, intenta afrontar su «momento Tocqueville»en peregrinaje por la Francia profunda, buscando en los poderes locales de los alcaldes un interlocutor. Incluso París, sin embargo, avanza a tientas, buscando un camino que una el consenso interno, la reestructuración europea y la conexión con los poderes de la Unión. Aquí el «pueblo de Rousseau»está con chaleco amarillo, pero ni siquiera en este caso puede ser la solución para la democracia imperialista en Francia.

Finalmente, los Estados Unidos, donde la democracia televisiva mostró de forma aguda su potencial de desequilibrio y no correspondencia, llevando a la presidencia a un demagogo privado de la experiencia y las cualidades de carácter necesarias para la delicadísima gestión del declive relativo estadounidense. De repente, según las declaraciones al Financial Times del ex-secretario de Estado James Baker, se ha dicho que los contrapesos de la arquitectura de los poderes americanos habrían contenido y dirigido incluso a la presidencia Trump. Es lo que está ocurriendo, pero el equilibrio es complicado por el continuo recurso de la Casa Blanca a la televisión y los social media. Más que en ninguna otra parte, en la metrópolis norteamericana el mito del «pueblo de Rousseau»ha sido un resultado de la democracia televisiva y de la red, donde la considerada desintermediación –la posibilidad de una relación directa e inmediata con el electorado– se convierte en una elusión engañosa de la dinámica plural de los poderes.

La segunda observación, en la parte conclusiva de la relación de 1978, concierne a las manifestaciones ideológicas de la pequeña burguesía y de los estratos intermedios: tiene que ver tanto con los dilemas del gran capital, que debe reconducir aquellos estratos a su propia hegemonía, como con las tareas del partido revolucionario, que debe combatir la influencia pequeñoburguesa entre los asalariados.

Cervetto rechaza la crítica democraticista de IringFetscher a la democracia estadounidense, denunciada como «formal» por un poder ejecutivo «casi totalmente independiente o fuera del control de la sociedad». Con otras palabras, se vuelve a proponer el mito de la democracia verdadera. «La democracia imperialista es la real, no la formal», objeta Cerveto; en todo caso es la democracia verdadera, el mito de la democracia directa «es formal porque es inaplicable», instancia en dificultad de los «pequeños productores». Por lo tanto:

«¿Qué quiere decir “control de la sociedad”? ¿Qué “sociedad”?

Fetscher, “democráticista”, no ve que el ejecutivo presidencialista corresponde precisamente a la representación de aquella sociedad y sus fracciones. O quizás sí cree que los estratos asalariados puedan tener su representación? ¿O, además, “control”?

Tendremos, entonces, representación de los estratos sociales y controles (o posibilidad de control, o poderes de control) de clase dominante y clase dominada. Lo que no es posible en la estructura, donde el verdadero poder económico es la base del poder político, ¡sería posible en la superestructura!»

Además, esa crítica democráticista «se pone en pie» cuando denuncia, junto con la independencia del Ejecutivo, el condicionamiento de los lobbies y la «presión de intereses» sobre los partidos.

«¿Qué es esto si no el control más funcional por parte de la sociedad (fracciones)?¿No es esta la democracia (expresión de la sociedad civil)? ¿Y cómo se puede afirmar que el Ejecutivo es autónomo respecto a la sociedad? ¡Lo sería si no recibiera las presiones de los intereses porque no sería capaz de “combinarlos”!

Que después los intereses predominantes en el capital social sean los de los grandes grupos y no los de los pequeños productores es un resultado del desarrollo de las fuerzas productivas. Si la forma política del Estado expresase estos en lugar de aquellos, sería una forma inadecuada para el capital, así como lo era la monarquía absoluta la cual expresaba los intereses no predominantes.

La democracia en cambio es el mejor envoltorio del capital también porque es la forma que se adapta a su desarrollo. Para Marx, por lo demás, es la forma pura del capital puro. En esto Marx anticipa el desarrollo de las formas políticas».

Esto significa que las peticiones de la pequeña burguesía, que hoy debe entenderse también como los vastos estratos intermedios de la madurez imperialista, no tienen influencia en la política, sino en el sentido de que no pueden escapar a las relaciones de fuerza entre las clases. Aquí las consideraciones de Cervetto tienen una importancia capital para indagar las formas y evolución previsibles en el nuevo ciclo político, y para conservar en la batalla política la autonomía de nuestra clase:

«Los pequeños productores llevan adelante con la crítica pequeñoburguesa al imperialismo y, entonces, a sus formas políticas (Ejecutivo, etc.) una lucha de retaguardia para su representación.

Quieren ser representados por encima de su cuota efectiva de capital social. Por esto teorizan la “democracia real” contra la “democracia formal” y restablecen todas las utopías de la democracia burguesa. No son capaces de otra cosa que no sea buscar influir (teóricamente) y utilizar (políticamente) estratos asalariados, es decir, buscar hacer pesar en su representación estratos que no tienen objetivamente representación porque no tienen cuotas de capital social.

Son capaces solo parcialmente (democracia popular –una fórmula del austromarxismo, ndr– socialdemocracia, etc.) porque no tiene la posibilidad de representación autónoma. Por tanto, la utilización de los estratos asalariados es parcial y acaba solo como intermediario en la utilización por parte de las fracciones. La pequeña burguesía no consigue tener partidos autónomos».

También los partidos nacidos pequeñoburgueses acaban bajo la influencia de las fracciones, bajo la hegemonía de la gran burguesía. Esto porque la pequeña burguesía «está interesada en el imperialismo», y existe también el «socialimperialismo de la aristocracia obrera». Porque la pequeña burguesía«está diseminada en el proceso de producción y de circulación y, entonces, se vincula a las respectivas fracciones». Porque «se convierte cada vez en más parasitaria y rentier». Porque«se apoya cada vez más en el Estado imperialista». Por todas estas razones, de hecho,«se integra cada vez más en las representaciones políticas de las fracciones».

Conectamos a este planteamiento teórico tres consideraciones sobre el nuevo ciclo político. La primera, precisamente es de naturaleza teórica: la noción de democracia imperialista debe ser profundizada y definida en el nuevo ciclo político, pero la crítica de Cervetto al democraticismo pequeñoburgués es una base muy sólida de la que partir llena de sugerencias que ya por sí sola encuadra a las nuevas encarnaciones del «pueblo de Rousseau» en las protestas por el referéndum, en las plazas televisivas de los giletde todos los colores y en el mito de la democracia de la red.

La segunda consideración merece un análisis concreto de las nuevas formas políticas. Cuando asumimos como instrumento de indagación y de previsión el criterio de la «solubilidad» en el consenso estratégico europeo de las diferentes expresiones del “populismo” y del “soberanismo”, nos referimos precisamente a la última indicación de método formulada por Cervetto. Ideologías y movimientos sociales nacidos en la pequeña burguesía y en los estratos intermedios de la madurez imperialista serán asimilados por la línea general de la gran burguesía, que en el Viejo Continente es una estrategia europeísta, o bien serán marginalizados, entre convulsiones más o menos profundas. El hecho de que no solo la Liga de Salvini sino también la Reagrupación Nacional de Marine Le Pen abandonen la oposición al euro es una señal verdaderamente reveladora de esta dirección.

La tercera consideración merece también un análisis concreto y hace alusión al otro giro de las ideologías pequeñoburguesas evidenciado por Cervetto, el intento de establecer una influencia sobre los asalariados. Es un hecho que un sector de estos movimientos juega con el denominado soberanismo, viejo material de las ideologías social-nacionales, patriotas, racistas y xenófobas. Inevitablemente, se ha explicado, serán conducidas al consenso de la gran burguesía; fácilmente el soberanismose convertirá en el perro guardián del europeísmo, vigilante de las fronteras de la Europa potencia o vanguardia de sus guerras en la nueva fase estratégica. Será un asunto de su política.

El contagio de aquellas ideologías entre los asalariados en cambio es asunto nuestro, por esto mantenemos ante nosotros muy cerca la ventaja del gran abstencionismo de clase, que al menos marca cierta distancia de las manifestaciones electoralistas de aquellos intentos de influencia. Por otra parte, la historia política de cada potencia del imperialismo ofrece una muestra enorme de aquellas ideologías, y sobre todo de las variantes más traicioneras al arrastrar con ellas a segmentos de nuestra clase. Como se desprende de la tesis de Cervetto que retomamos, ya que la guerra y la crisis de 1929 habían sacudido profundamente las psicologías sociales de todos los estratos, los años Veinte y Treinta fueron una manifestación paroxística de la oscilación pequeñoburguesa. La crisis de 2008 no ha tenido una intensidad equivalente, pero combinada con las colisiones de la globalización fue suficiente para desencadenar un ciclo de fibrilaciones sin precedentes, los estratos de la madurez imperialista, sin embargo, se volvieron más frágiles psicológicamente por las décadas de proliferación parasitaria y propietaria y por el invierno demográfico.

De cualquier forma, en un sumario escueto, en Francia el repertorio va desde el bonapartismo en diciembre de 1848, hasta el boulangismoa finales de los años Ochenta del siglo XIX, los nacionalistas de la “Cocarde” de Maurice Barrès, el movimiento jaunedel sindicalismo corporativo, pasando por los mitos social-nacionales del sindicalismo de Georges Sorel y de los Círculos Proudhon, y también por la ActionFrançaisefilomonárquica de Charles Maurras. En 1914, es evidente, la Unionsacréesaldó todas las corrientes del socialimperialismo. Entre las dos guerras, se alcanzará la escisión de la SFIO de los neo-socialistas de Marcel Déat y del Partido Popular Francés de Jacques Doriot proveniente del PCF, que apoyará al mariscal Petain y al régimen de Vichy.

En Italia, desde el tronco del maximalismo y del socialismo intervencionista saldrán las camisas negras de Benito Mussolini y del fascismo “social” del programa de San Sepolcro, sobre el cual coincidieron los sindicalistas revolucionarios de EdmondoRossoni. En Alemania, la crisis de la República de Weimar será el crisol para las combinaciones nacionalsocialistas.

No hace falta decir que hay que estudiar variaciones, analogías y diferencias obvias. Pero los términos en los cuales la democracia imperialista europea asimilará y neutralizará las nuevas insurgencias populistas y soberanistas del mito pequeñoburgués social-nacional marcarán de manera significativa el rasgo próximo del nuevo ciclo político.

 

Lotta comunista, enero de 2019

 

 

 

 

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