Instituto Sergio Motosi para el Estudio del Movimiento Obrero Internacional
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el Internacionalismo

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Sumario 82 - Enero de 2018

1) Guerra y paz en Asia en el siglo chino

1917-2017. Cien años desde la Revolución de Octubre
2) El significado del Octubre rojo

 Crónicas europeas
3) Dilema irlandés, rearme europeo

Páginas de historia del movimiento obrero
4) La Liga de los Comunistas y el asalto democrático de 1848

5) Una respuesta a los compañeros de Lutte Ouvrière

6) Cálculos y apuestas arriesgadas en el inestable Oriente Medio

7) Unión bancaria y Fondo europeo en los planes de la Comisión

La industria bélica en Japón
8) Tokio busca una “defensa activa”

La reestructuración siderúrgica en China
9) Los outsider del “Plan Davignon” chino

La batalla mundial del acero
10) Fuerzas y debilidades de la siderurgia rusa

La batalla de las telecomunicaciones
11) China Unicom  

La batalla mundial del automóvil
12) Automóvil y electrónica 

13) Arriba el ánimo  

Guerra y paz en Asia en el siglo chino

¿De dónde proviene nuestra previsión sobre los próximos quince años como «unos de los más borrascosos» marcados por «colosales y tensiones inéditas»?

De dos tendencias fundamentales, sobre el terreno económico y sobre el político de las relaciones de potencia. En primer lugar, la evolución del desarrollo desigual global. Dada la masa demográfica que todavía debe ser transformada en fuerza de trabajo urbana en las nuevas áreas, especialmente en la India y en África, y dado el potencial de desarrollo en China, con el completamiento de aquella transición y con el paso a nuevas producciones cualificadas en la industria y en los servicios, el declive relativo atlántico y el ascenso asiático siguen siendo los procesos económicos decisivos.

Entre las diferentes valoraciones tomamos como referencia las de la IEA, la Agencia Internacional de la Energía, relativas al período entre 2016 y 2040. Por descontado que siempre se trata de “cifras políticas” y que fácilmente las crisis pueden desplazar incluso varios años los términos de referencia; más que las cifras individuales y los plazos lo que interesa son las tendencias de fondo, y estas siguen estando definidas por el desarrollo capitalista extensivo e intensivo a nivel mundial, con ritmos desiguales entre las viejas y las nuevas potencias.

 

Aplicamos nuestro criterio marxista del análisis internacional, cambian las relaciones de fuerza económicas pero esto sólo es una premisa de la mutación estratégica; el estudio de las relaciones entre las potencia debe «volver a ponerse en pie sobre el sistema de los Estados». Hemos extraído de la confrontación política en los máximos niveles en China, la relación de Xi Jinping en el 19º Congreso del PCCh, los términos explícitos de una línea de ascenso estratégico y militar.

Para la IEA el producto mundial en los próximos veinte años, o un poco más, crecerá con un ritmo de un 3,4% anual; entre las viejas potencias el de los EE.UU. a un 2,1%, el de la UE a un 1,7%, el de Japón, congelado por el invierno demográfico, a un 0,7%. Entre las nuevas potencias China crecerá con un ritmo de un 4,5%, descendiendo desde un 5,8 del primer decenio a un 3,7% entre 2025 y 2040; la India, en camino de convertirse en la primera potencia demográfica, pasaría a ser la más dinámica con un 6,5%. A grandes rasgos, significa que las viejas potencias, al crecer en conjunto a un ritmo entre el 1,8 y el 2% anual, multiplicarían su fuerza una vez y media; en cambio, China triplicaría su producto y la India lo multiplicaría casi cinco veces. En términos absolutos, tomando como referencia las estimaciones del Fondo Monetario Internacional a paridad de poder adquisitivo, en un cuarto de siglo China tendrá la misma fuerza sumada que los EE.UU., la UE federada en el euro y Japón, pero la India llegará a los dos tercios del tamaño chino. Como cuota de la economía global, se desplazará al menos otro 10-12% de la fuerza mundial. Otro terremoto, como se ha producido en los quince años pasados: las viejas potencias descenderán del 32 al 22% del producto global, China ascenderá del 17 al 22%, la India redoblará su cuota del 7 al 14 por ciento.

Junto a esto, precisamente debido a dicha conmoción colosal, entran en juego las líneas perseguidas por las máximas centrales del imperialismo, en sus expresiones políticas como los Estados y los poderes que se confrontan y se equilibran. Aquí aplicamos nuestro criterio marxista del análisis internacional, cambian las relaciones de fuerza económicas pero esto es sólo la premisa de la mutación estratégica; el estudio de las relaciones internacionales entre las potencias debe «volver a ponerse en pie sobre el sistema de los Estados».

Hemos extraído de la confrontación política en los máximos niveles en China, la relación de Xi Jinping en el 19º Congreso del PCCh, los términos explícitos de una línea de ascenso estratégico y militar; de aquí a 2035 quiere dotarse de una fuerza bélica de «clase mundial».

Desde otras fuentes o instancias comparables en las mayores competidoras llegan líneas, propuestas y estudios estratégicos que ya son una respuesta a aquel intento manifestado por China. Pekín abandona el «bajo perfil» de Deng Xiaoping, y con Xi anuncia querer «tomar el centro del escenario mundial». Washington, París y Berlín, Londres, Nueva Delhi, Moscú, Tokio y también Brasilia por permanecer sólo entre los mayores contendientes, reaccionan en consecuencia, sopesando los instrumentos del equilibrio, de la alianza o de la contraposición.

Las valoraciones sobre la “National Security Strategy” (NSS) americana son mixtas; se trata de un documento con el que cada Administración pone al corriente al Congreso sobre sus líneas directrices en política exterior y de defensa. A lo largo de los años, la NSS ha sido a veces sólo una obligación formal, sin espesor conceptual y con escasas implicaciones políticas, y otras veces se ha mostrado con la clave de la orientación estratégica de la presidencia. En 2002, la NSS de George W. Bush formuló la teoría de la guerra preventiva, y también el intento de contrarrestar cualquier intento de alterar la balanza en perjuicio de los Estados Unidos, a nivel global o regional. Aquella doctrina Bush fue el principio inspirador de la «guerra por elección» en Irak, y de su intento de condicionar el ascenso de China y su influencia futura en Oriente Medio.

¿La “National Security Strategy” de 2017 individualiza verdaderamente los fundamentos de una doctrina Trump? Es difícil decirlo, lo velan las externalizaciones de los mensajes Twitter y las posturas de histrión televisivo dirigidas al mercado electoral americano. Ciertamente se advierte en aquellas páginas la impronta de los hombres del establishment que intentan orientar su política exterior, el primero de todos ellos Herbert McMaster, y esto hace pensar en la NSS como en una directriz duradera, más allá de las improvisaciones presidenciales.

 

Desde otras fuentes o instancias comparables en las mayores competidoras llegan líneas, propuestas y estudios estratégicos que ya son una respuesta a aquel intento manifestado por China. Washington, París y Berlín, Londres, Nueva Delhi, Moscú, Tokio y también Brasilia por permanecer sólo entre los mayores contendientes, reaccionan en consecuencia, sopesando los instrumentos del equilibrio, de la alianza o de la contraposición.

Señalamos cuatro aspectos. Primero, el acento sobre la reestructuración y sobre la fuerza económica interna como base para la seguridad nacional, una tesis que en definitiva une la NSS a la doctrina de Barack Obama. En ciertos aspectos la visión «America First», América primero, se acerca al «retrenchment», un repliegue sobre “lo local” vestido por la retórica asertiva de las proclamas nacionalistas y unilateralistas.

Segunda, un cuadro conceptual realista ostentado a propósito, en contraposición con el optimismo liberal de las tres décadas anteriores. Leemos: un dato central y permanente en la historia es «lucha por el poder», y la época actual no es una excepción. Los Estados Unidos deben responder a la «creciente competición» económica, política y militar; esto requiere volver a ver el asunto por el que «la implicación con las potencias rivales y su inclusión en las instituciones internacionales en el comercio internacional las habría transformado en actores benignos y en parte de confianza». En su gran parte, «esta premisa se ha revelado falsa». Encontramos el rastro de lo que hace años, al comienzo de la crisis global, definimos como «crisis ideológica de la globalización». Y encontramos sancionada, en la doctrina oficial americana, la admisión reciente de McMaster y Gary Cohn, en la que ya se entreveía una línea divisoria de la doctrina americana; el mundo es «una arena» en la que las naciones compiten y luchan.

Tercero, China junto a Rusia, es individualizada como la principal desafiadora, cercana a los «Estados canalla» Irán y Corea del Norte y al terrorismo internacional. China y Rusia son «potencias revisionistas», «quieren plasmar un mundo antitético a los valores de los Estados Unidos». Durante decenios los EE.UU. han creído que apoyar el ascenso de China y «su integración en el orden internacional posbélico» habría favorecido la liberalización: en cambio China «ha ampliado su poder a expensas de la soberanía de otros», ha difundido aspectos de su «sistema autoritario», «está construyendo la fuerza militar más eficaz y más estructurada» después de la americana.

El reto de China y Rusia a los EE.UU., recrimina la NSS, además, no se produce en campo abierto. Saben que los Estados Unidos «a menudo ven el mundo en términos binarios», donde los Estados están en paz o en guerra, sin vías intermedias, cuando en realidad el mundo es «la arena de una competición ininterrumpida». Por esto los retadores de América «son pacientes y están atentos para acumular ventajas estratégicas a lo largo del tiempo», sin provocar una respuesta militar y haciendo de este modo más difícil una réplica de los EE.UU. y de sus aliados, hasta que de estas «ventajas en incremento» no emerja un «nuevo status quo».

Según los términos de la ciencia marxista, subrayamos, esta es la naturaleza del imperialismo, donde la paz y la guerra se suceden y se entrecruzan sobre el único terreno de la «contienda» de las grandes concentraciones del capital y de sus Estados. Se puede ver en las tesis de la NSS la evolución del declive atlántico; los EE.UU. sospechan que se le están volviendo en contra las reglas del “Washington Consensus”, el viejo orden posbélico centrado en el Fondo Monetario, BRI, OMC y Banco Mundial; según la visión americana Pekín se coloca como el abogado de una globalización reformada para disfrazar su ascenso de potencia. La verdadera «potencia revisionista» son los Estados Unidos, ha utilizado en su contra Zhao Minghao en Global Times.

Cuarto, la “National Security Strategy” ha sancionado de modo oficial la directriz «Indo-Pacífico» y al denominado Quad, el acuerdo a cuatro con la India, Japón y Australia. Las iniciativas a lo largo de la «Ruta de la Seda» son leídas como «aspiraciones geopolíticas», amenaza a la «soberanía» de los otros actores regionales, atentado a la «estabilidad» del área y al flujo libre del comercio. «China intenta reemplazar a los Estados Unidos en la región Indo-Pacífico, expandir la proyección de su modelo económico estatalista y reordenar el área a su favor». De aquí surge el papel que asume la India bajo el prisma americano, incluida ahora entre las «potencias guía globales» y «partner estratégico» en la defensa.

Quizás este es el verdadero viraje sancionado por la NSS, lo que permite calibrar otras intervenciones. Sobre todo pensamos en el documento del Atlantic Councial “El enfrentamiento chino-indio y la nueva geopolítica del Indo-Pacífico”, donde se argumenta la oportunidad de una «convergencia» entre Washington y Nueva Delhi para la defensa marítima para equilibrar a Pekín, y se prevé la contribución americana y japonesa para el desarrollo de la construcción naval militar india.

 

La “National Security Strategy” ha sancionado de modo oficial la directriz «Indo-Pacífico» y al denominado Quad, el acuerdo a cuatro con la India, Japón y Australia. Las iniciativas a lo largo de la «Ruta de la Seda» son leídas como «aspiraciones geopolíticas», amenaza a la «soberanía» de los otros actores regionales, atentado a la «estabilidad» del área y al flujo libre del comercio.

Una intervención de Raja Mohan en la página rusa Valdai es de una extraña nitidez a la hora de motivar la nueva orientación de la presidencia Modi; casi parece que la autoridad del experimentado analista indio se dedique a una aclaración con el viejo aliado ruso. Nueva Delhi, escribe Mohan, «no tiene la intención de abandonar su política exterior independiente», pero responde a «cambios estructurales en la distribución de la potencia». Debemos recordar que la India firmó el tratado de colaboración con la URSS en 1971, «debido al reacercamiento chino-americano». Con el final de la guerra fría, en su «momento unipolar», los Estados Unidos amenazaban con bloquear el programa nuclear indio e intervenir en la disputa entre la India y Cachemira, y por esto Nueva Delhi tuvo «buenas razones para unirse a la coalición euroasiática dirigida por Moscú y apoyada por Pekín».

Desde entonces muchas cosas han cambiado; si el «principal reto exterior» en los años Noventa estaba representado por América, hoy proviene de China. Con el producto de China cinco veces más grande que el indio, y con un gasto militar cuatro veces más elevado, el «colapso de la paridad» entre la India y China significa que Nueva Delhi debe «encontrar socios exteriores para llenar su gap estratégico creciente». Ya que Rusia se ha acercado a China, «ya no parece estar en la posición de ayudar a Nueva Delhi a equilibrar a Pekín»; la India «sólo tiene la elección de dirigirse hacia los EE.UU. y Japón para construir un equilibrio asiático».

 

Quizás este es el verdadero viraje sancionado por la NSS, lo que permite calibrar otras intervenciones. Sobre todo pensamos en el documento del Atlantic Councial “El enfrentamiento chino-indio y la nueva geopolítica del Indo-Pacífico”, donde se argumenta la oportunidad de una «convergencia» entre Washington y Nueva Delhi para la defensa marítima para equilibrar a Pekín, y se prevé la contribución americana y japonesa para el desarrollo de la construcción naval militar india.

Con esto, la India no será un aliado auxiliar de los Estados Unidos. Nueva Delhi es «agudamente consciente» de que Washington y Tokio tienen sus líneas autónomas de implicación con Pekín, y que también por su cuenta China y Rusia son proclives a buscar un «acomodo» con América. La «dinámica entre las grandes potencias» es un hecho de la vida «en nuestro mundo multipolar»:

«Como la más débil entre las grandes potencias, Nueva Delhi querrá permanecer comprometida tanto con las potencias continentales como con las marítimas, con el único objetivo de acrecentar su peso en el orden mundial. No hay espacio para ningún sentimentalismo en Nueva Delhi; se está convirtiendo en parte del nuevo tiovivo geopolítico en Eurasia y en el Indo-Pacífico, atrapado entre el ascenso de China y el retrenchment americano».

Henry Kissinger ha defendido junto a Thomas Friedman del New York Times, en la gala de la American Academy en Berlín celebrada en Nueva York, que en China hay quien piensa que «el declive de los Estados Unidos es un resultado seguro» y en los EE.UU. quien cree que «el conflicto con China es inevitable». «Si estas personas tomasen en sus manos el timón», los dos superpetroleros América y China «marcarían su ruta hacia la guerra, y este conflicto sería peor que el de la Primera Guerra Mundial». No parece un concepto diferente al expresado el año pasado en The Atlantic, inmediatamente después de la elección de Trump. Según Kissinger, entre las dos posibles orientaciones en China de la confrontación o de la negociación estratégica, Xi se inclina probablemente por el compromiso con Washington, pero de esto sólo se estará seguro después de «unos veinte años». Mientras tanto, las políticas de los EE.UU. «deben ser calibradas con suficiente amplitud», de manera de poder afrontar ambas prospectivas.

Por lo tanto la respuesta es que existen dos posibles resultados estratégicos, y los EE.UU. deben colocarse en la posición de afrontar ambas. Se puede añadir que esta ambivalencia de las dos manos, la mano militar sirve en cualquier caso a dar fuerza a la mano diplomática. Incluso Joseph Nye, teórico del soft power, usa para apoyar la tesis de que no habrá una guerra un argumento de hard power. La fundación Rand Corporation ha sido encargada por el Pentágono de «pensar lo impensable», es decir, una «guerra con China». No se producirá un enfrentamiento porque, escribe Nye, según los cálculos de Rand la guerra le costaría el 5% del PIB a los EE.UU. y el 25% a China.

Por lo demás podemos observar que Kissinger, a la hora de mostrar el riesgo de una línea hostil a China en el poder en Washington, al mismo tiempo se sirve de ello, para mostrar a los chinos la cara terrible de una posible amenaza: por lo tanto el “partido de la guerra”, las diferentes Rand que defienden que una guerra con China debe planificarse, paradójicamente también sirve para una línea política de acuerdo.

Unidad y escisión, señalamos otra vez, en la dinámica del imperialismo son inseparables. Por esta razón de alguna manera podemos hacer nuestra la respuesta a esta bifurcación estratégica; los «aproximadamente veinte años» que hemos tomado como medida de la segunda parte de la nueva fase estratégica, donde Pekín ha declarado para 2035 el objetivo de una fuerza militar de «clase mundial». Por lo tanto, ¿se puede prever una guerra mayor en estos 15 años?

La respuesta se articula en dos argumentaciones. Primero, no somos nosotros quienes hacemos la previsión, es la clase dominante en sus máximos niveles, en todas las potencias y no sólo en los EE.UU. y en China, la que basa sus cálculos estratégicos sobre la evidencia de que no puede excluirse una guerra. La ambivalencia de las dos manos, la negociación por una parte y la preparación de contrapesos de potencia y de dispositivos bélicos por otra, está también presente en Japón, India, etc., y en el fondo en la propia Europa con el regreso al intento del PESC, la política exterior y de defensa comunes.

Segundo, hace ya una docena de años, al iniciar la reflexión sobre la nueva fase estratégica hemos recogido en Europa y el Estado las tesis de Arrigo Cervetto sobre los dilemas de la «previsión estratégica». Cuando una evolución de la lucha de las clases y de los Estados presenta una bifurcación o una pluralidad de resultados, la estrategia debe basarse sobre varias hipótesis alternativas, sabiendo que dentro del espectro individualizado de aquellos casos “puros” el resultado real será todavía diferente, una de las muchas gradaciones intermedias posibles. La referencia de Cervetto era a la estrategia de Lenin sobre el desarrollo ruso, y a la alternativa entre la vía prusiana y la vía americana/francesa. En los editoriales “La previsión estratégica en la era de Asia” y “La fuerza motriz de la política internacional” también citábamos los dilemas de la primavera de 1918, cuando Lenin sopesa dos alternativas: la prevalencia del «partido de la guerra» entre las potencias de la Entente, unidas para sofocar Octubre, o su división en «grupos hostiles», con la concesión de más tiempo a la estrategia revolucionaria.

 

Al iniciar la reflexión sobre la nueva fase estratégica hemos recogido las tesis de Arrigo Cervetto sobre los dilemas de la «previsión estratégica». Cuando una evolución de la lucha de las clases y de los Estados presenta una bifurcación o una pluralidad de resultados, la estrategia debe basarse sobre varias hipótesis alternativas, sabiendo que dentro del espectro individualizado de aquellos casos “puros” el resultado real será todavía diferente, una de las muchas gradaciones intermedias posibles.

Por lo tanto, regresando de nuevo al arco de los quince años del ascenso chino: ¿hay que prever una guerra? Precisamente un análisis científico deja abiertas las dos posibilidades, de una guerra mayor o de un acuerdo temporal, en un cuadro de tensiones acentuadas, que incluyen varias hipótesis intermedias de conflictos regionales, limitados o entre las grandes potencias pero sólo en el tablero asiático. Y prevé estas dos posibilidades no de modo arbitrario, sino porque esta es la confrontación al máximo nivel de la clase dominante, que considera precisamente aquellas dos posibilidades ya no sólo a nivel de analistas sino de quienes toman las decisiones, y de hecho traduce la ambivalencia de aquel desarrollo previsible en los planes de rearme en China, en Japón, en la India y de respuesta en los EE.UU. y en la UE, y contemporáneamente en las diferentes líneas diplomáticas de negociación. Precisamente las dos manos de Xi, de Abe, de Modi, de Trump, de Putin, de Merkel y de Macron.

Esta es nuestra previsión para los próximos quince años; con la ambivalencia de esta dúplice posibilidad es evidente que la «tarea general» de la implantación del modelo bolchevique en Europa es el eslabón que permitirá afrontar cada desarrollo y cada “complicación”. Pero también es evidente, con la previsión de una fase tan compleja y atormentada, la urgencia de extender al máximo las energías sobre cada frente, teórico, político y organizativo.

A nivel teórico general, a la consideración de que una posible bifurcación le requiere a la estrategia formular/prever los diferentes posibles desarrollos –en este caso, acuerdo o enfrentamiento entre Washington y Pekín– se le debe unir la llamada a la ley de movimiento de las alianzas imperialistas. Son imposibles las alianzas duraderas, son imposibles alianzas que repartan todas las áreas, es imposible una Yalta global; cada alianza sólo puede ser provisional y parcial.

En las dos hipótesis para los próximos quince años, por lo tanto, una guerra confirmaría que el imperialismo no es capaz de mantener el orden global. O bien, un acuerdo sería por su naturaleza provisional y por su naturaleza parcial, porque reencendería en otro lugar la escisión, es decir, el acuerdo EE.UU.-China se produciría en perjuicio de otras potencias. Se cita a menudo sobre estos tiempos la «trampa de Tucidides», una fórmula que el analista norteamericano Graham Alliston ha extraído de la guerra del Peloponeso entre Esparta y Atenas: en la dinámica del desarrollo desigual, la potencia dominante se ve obligada a la guerra en anticipación, antes de que la potencia desafiante se refuerce hasta el punto de cambiar las relaciones de fuerza, o bien es el propio desafiante el que se ve empujado a un ataque por sorpresa. El límite de estas reflexiones, y también lo no dicho en las tesis de Kissinger en On China y World Order es que el enfrentamiento o el acuerdo imperialista no es entre dos, entre China y los EE.UU., al igual que no fue a dos entre Gran Bretaña y Alemania en 1914. De hecho, en aquella época los EE.UU. fueron los verdaderos vencedores, explotando el enfrentamiento entre Alemania y Gran Bretaña.

Esta “figura” de las relaciones de potencia es utilizada en el debate en la India, por las tesis renuentes al Quad y a la estrategia del Indo-Pacífico. Deependra Singh Hooda, exjefe del Estado Mayor del Mando septentrional india, cita en Indian Express, una tesis de John Mearsheimer, representante del realismo americano. Una de las estrategias usadas por las grandes potencias contra un adversario es el «paso de las responsabilidades», el buck-passing, lo descargable:

«El buck-passer intenta hacer de alguna manera que el otro Estado se haga cargo del peso de la disuasión o de la lucha contra un posible agresor, mientras se mantiene al margen. El buck-passer reconoce plenamente la necesidad de impedir al agresor acrecentar su cuota de poder mundial, pero mira a otros Estados que también están amenazados, porque desempeñen dicha carga pesada».

 

Regresando de nuevo al arco de los quince años del ascenso chino: ¿hay que prever una guerra? Un análisis científico deja abiertas las dos posibilidades, de una guerra mayor o de un acuerdo temporal, en un cuadro de tensiones acentuadas, que incluyen varias hipótesis intermedias de conflictos limitados.Y prevé estas dos posibilidades no de modo arbitrario, sino porque esta es la confrontación al máximo nivel de la clase dominante.

Como es evidente, por lo tanto, la eventualidad de que el ascenso militar de China de aquí a 2035 se produzca en el cuadro de una negociación entre Washington y Pekín no contradice de hecho la ley de movimiento de las alianzas imperialistas y en prospectiva la regularidad de la ruptura del orden; sólo querrá decir que la combinación entre alianzas y guerras, entre unidad y escisión, pasará desde una fase de convergencia entre los Estados Unidos y China. Con una pluralidad de resultados posteriores; como preparación de su futuro enfrentamiento catastrófico; o quizás en su competición a la hora de descargar el enfrentamiento sobre otros contendientes; o también en la combinación en los EE.UU. entre convergencia con Pekín y maniobra para dirigir a otros, a la India en primer lugar, para equilibrar a China; finalmente con la combinación en China entre una convergencia con los EE.UU. y la acción de balanza con otros (Europa, Rusia, incluso Japón) para transferir la presión opuesta de balanza ejercida por Washington vía Indo-Pacífico.

Permanece el asunto de Lenin de que el imperialismo no es capaz de garantizar el orden y por lo tanto es regular la tendencia histórica a la ruptura del equilibrio. Richard Haas en su A world in disarray, un mundo en desorden, cita otra vez una afirmación de Kissinger: «el empuje hacia la conmoción global ha superado las posibilidades de gobernarlo». Incluso en los máximos niveles de la clase dominante, la guerra y la paz en Asia siguen siendo las incógnitas de una ecuación irresoluble.

 

Lotta comunista, diciembre de 2017

 

Una respuesta a los compañeros de Lutte Ouvriere

La publicación mensual “Lutte de Classe”, de la organización francesa LutteOuvrière, en el número 186 de septiembre-octubre ha puesto en tela de juicio en dos artículos a Lotta Comunista. Esta es la respuesta que la redacción de Lotta Comunista ha enviado al periódico francés.

Estimados compañeros,

confesamos nuestra sorpresa inicial, al leer en el número de vuestra revista las referencias a Lotta Comunista en el artículo “Bordiguismo y trotskismo”, y también una selección de algunos fragmentos de nuestra correspondencia, en el artículo “Un intercambio de cartas entre Lutteouvrière et Lotta Comunista”.

No obstante, al reflexionar sobre vuestra doble intervención nos ha parecido una oportunidad real de clarificación, con el espíritu con el que concluís el segundo artículo: «Es deseable, y también indispensable, que las organizaciones que se reclaman al comunismo revolucionario, y que además militan en países vecinos, confronten sus puntos de vista, aunque tengan historias y tradiciones políticas muy diferentes».

Manteniendo como está en vuestro derecho el tono polémico, precisáis que dicha confrontación no pude ser interpretada por otros como una «aceptación a priori» de nuestra actuación, aunque por descontado la cuestión es recíproca. Pensemos, por ejemplo, en el asunto crucial de la autofinanciación, sobre la que Lotta Comunista ha sido en muchas ocasionesobjeto de odiosas acusaciones y calumnias. Nunca hemos escondido que para nosotros es una cuestión vital la plena autonomía financiera porque una organización revolucionaria no debe depender de nadie para ser verdaderamente inmune a cualquier influencia. Sin embargo, nunca hemos pensado que mantener relaciones con vosotros, como hacemos desde los primeros años Setenta, pudiese significar aunque lejanamente una «aceptación a priori» por nuestra parte vuestra práctica de aceptar reembolsos electorales del Estado burgués.

Vayamos al grano. Dicho con sinceridad fraternal; lo que emerge de vuestras críticas es que vosotros no conocéis de verdad a Lotta Comunista. No conocéis la historia, donde incurrís en errores verdaderamente embarazosos, y no conocéis las posiciones, donde os hacéis eco de oídas de viejas caricaturas que en Italia dejarían desconcertado a cualquiera que conozca de verdad a nuestro partido. Al no poder abusar de vuestro espacio, nos limitaremos a modo de ejemplo a cuatro cuestiones; si queréis, afrontaremos en otra ocasión, otros aspectos sobre la que vuestra reconstrucción es deficiente, comenzando por la propia historia del PCd’I y del bordiguismo.

Primero, la historia de Lotta Comunista. Verdaderamente es poco comprensible que no mencionéis en vuestro artículo nuestros orígenes en el comunismo libertario. La casualidad ha querido que precisamente durante estas semanas ya esté disponible el primer volumen de documentos de los GAAP (GrupppiAnarchici di Azione Proletaria), publicados en colaboración con la editorial libertaria Biblioteca Franco Serantini de Pisa. La recensión que ponemos a disposición, publicada en el número de octubre del periódico Lotta Comunista, es suficiente para aclarar la enormidad de la omisión.

Lotta Comunista recuerda en la fundación de los GAAP, el 24-25 de febrero de 1951, el acta de nacimiento de su «grupo originario». No sólo allí militaron sus dirigentes históricos como Arrigo Cervetto, Lorenzo Parodi y Aldo Pressato, sino que también se produjo una relación estrecha, en Francia, con la Fédération Anarchiste, después FCL (Fédération Communiste Libertaire) de Georges Fontenis. Comenzada en 1950, la relación con los comunistas libertarios de Fontenis desembocó incluso, en 1954, en la fundación en París de la ICL –Internacional Comunista Libertaria.

Segundo, nuestra presunta derivación organizativa del bordiguismo. Vuestra reconstrucción presenta meras semejanzas de denominación; como excusa está el hecho de que el laberinto de siglas es tan intrincado entre nosotros en Italia como entre vosotros en Francia. Los Grupos Leninistas de la Izquierda Comunista no son tales porque deriven de la izquierda comunista bordiguista, sino porque es el último resultado del Movimiento della Sinistra Comunista (MSC) que no tiene nada que ver con el bordiguismo. En una primera iniciativa de fundación participaron en diciembre de 1956 cuatro grupos: los GAAP; convertidos en Federazione Comunista Libertaria –sección de la Internacional Comunista Libertaria, donde Cervetto dirigía la corriente ya leninista y Pier Carlo Masini la anarquista; los trotskistas de los GruppiComunistiRivoluzionari –IV Internacional, dirigidos por Livio Maitan; la costilla bordiguista de Onorato Damen; el grupomilanés de Azione Comunista, una formación maximalista salida del PCI con la crisis del estalinismo, dirigida entre otros por Bruno Fortichiari, uno de los fundadores del PCd’I en 1921.

Por lo tanto, con el mismo título, aquella izquierda comunista podía llamarse leninista, libertaria, trotskista, maximalista, y sólo en una componente bordiguista disidente. No obstante, casi inmediatamente se retiraron de la iniciativa los trotskistas de Maitan y los bordiguistas de Damen, por lo que el MSC se constituyó únicamente por la confluencia de la Federazione Comunista Libertaria y Azione Comunista.

Cuando en los primeros años Sesenta algunos representantes del maximalismo milanés de Azione Comunista cayeron enamorados del maoísmo, de la crisis del Movimiento dellaSinistra Comunista surgió el cambio de denominación en Gruppi Leninista dellaSinistra Comunista, así como nuestro periódico, “Lotta Comunista”. Por lo tanto, de ninguna manera los GruppiLeninistidellaSinistra Comunista pueden ser definidos como una derivación del bordiguismo; no obstante, si la referencia fuese a la iniciativa a cuatro de diciembre de 1956, desde donde partió el Movimiento dellaSinistra Comunista, entonces nuestro grado de parentela con el bordiguismo sería igual al que tendríamos con el …¡trotskismo!

Tercero, Lotta Comunista y la teoría de Bordiga. Más interesante que la cuestión organizativa, donde la cepa originaria, repetimos, no está en el bordiguismo sino más bien en el comunismo anarquista, es nuestra relación con la teoría y los análisis de Amadeo Bordiga. Él tiene en el análisis de la URSS como capitalismo de Estado su punto decisivo, y en este sentido Cervetto apuntó que el bordiguismo es una línea que «también nos ha expresado a nosotros». Respecto al resto dejadnos deciros que vuestra reconstrucción es verdaderamente de trazos gruesos y nuevamente llena de gazapos. Si queréis criticarnos, es bueno para ambos que los hagáis en base a nuestras verdaderas posiciones, y no siguiendo algunos “dimes y diretes” antiguos.

Algunos ejemplos. Sobre el abstencionismo, entre Lenin y Bordiga pensamos que tenía razón Lenin y se equivocó Bordiga. De hecho, el nuestro no es un abstencionismo de principio, hasta el punto que hemos participado en el voto en diferentes referéndums. El nuestro es un abstencionismo estratégico, movido por la consideración clave de la crisis del parlamentarismo, en las situaciones diferentes y nuevas de la era de la democracia imperialista. Para los propios patrones las Cámaras yo no son el centro de la decisión legislativa, por lo que su utilización como “tribuna parlamentaria” se ha vaciado de sentido. Nos parece que precisamente Francia es el testimonio máximo de esta crisis del parlamentarismo, y además ya está claro que la mayoría de los obreros y de los asalariados no vota. No se comprende la razón por la que tendríamos que ser nosotros los revolucionarios quienes volvamos a introducir en nuestra clase aquel virus parlamentario, relegitimando una institución burguesa que los propios patrones han vaciado de significado.

Precisamente la teoría del imperialismo es lo que no aceptamos en Bordiga, por su visión liquidadora del «miliardólar», un extra-poder del imperialismo americano que aniquilaría cualquier posibilidad de acción, y por la identidad mecánica entre la fuerza financiera y el poder de los Estados. En todo caso, aquí Bordiga se acerca a las teorizaciones del «totalitarismo» derivadas de la visión no dialéctica de Nikolai Bujarin.

En la relación entre la economía y la política, donde creéis encontrar en nosotros la impronta del mecanicismo bordiguista, la petición de Cervetto fue en sentido contrario. La invitación, tanto respecto al análisis internacional como a la política italiana, fue a indagar las regularidades específicas de la política. La contienda internacional debía «vuelta a poner en pie sobre el sistema de los Estados», el estudio de la lucha de las corrientes políticas debía investigar la combinación multiforme aparecida del entrecruzamiento de los factores determinantes de la economía con la historia, las culturas políticas, el «factor moral», es decir, los caracteres nacionales.

En su punto esencial, la crítica que realizamos a Bordiga tienes muchos puntos en contacto que la que realizamos a Trotsky. Ambos minusvaloraron la tendencia histórica al desarrollo capitalista, concibiendo los años Veinte y Treinta como tendencia histórica a la parálisis, con las consecuencias políticas y estratégicas que esto comportaba. Esto dejó a la nueva generación, después de 1945, sin instrumentos para afrontar el ciclo de desarrollo capitalista colosal que marcaría los decenios posteriores, con sus consecuencias para las tareas políticas del partido revolucionario: una larga fase contrarrevolucionaria, la emersión de nuevas potencias, una contienda durísima entre viejas y nuevas potencias que, no obstante, se limitaría a crisis parciales y guerras limitadas.

Sin ser exhaustivos, estos son necesariamente sólo algunos breves acentos sobre los puntos más evidentes donde, ¡ay!, demostráis que no nos conocéis. Si tenéis la paciencia de leer los tres volúmenes de nuestra historia que hemos publicado a partir de 2012, encontraréis una exposición ordenada de nuestra evolución y de nuestras posiciones en sus términos teóricos y políticos: los primeros dos textos ya han sido traducidos en francés, y en español (Lotta Comunista. Ilgruppo originario 1943-1952y Lotta Comunista. Verso il partito strategia 1953-1965). El tercero (Lotta Comunista. Ilmodellobolscevico 1965-1995) ha salido este año y se publicará inminentemente también en vuestra lengua.

Cuarto, la cuestión del partido ciencia. Verdaderamente es una caricatura vuestra referencia a nuestra concepción del partido ciencia como una especie de pretensión de profesores, como si fuésemos unos maniacos “primeros de la clase” convencido además de querer imponer la «ciencia» con la fuerza bruta. Por favor, ¡sed serios!

Buscando un ejemplo que sea el más cercano posible a vuestra tradición, nos hemos acordado del IMEMO, el Instituto para la Economía Mundial y las Relaciones Internacionales, fundado en Moscú por Evgueni Varga cuando todavía era un colaborador válido de Trotsky. El lema elegido por Varga fue «Conocer a tu enemigo es haberle vencido a medias», y creemos que es una de las definiciones más agudas para el partido ciencia, en dos acepciones.

La primera es defensiva. Conocer a la clase dominante, a los patronos, a sus grupos, a sus fracciones, a sus partidos, a sus Estados con los que los capitalistas combaten entre ellos, permite a nuestra clase no ser atrapada e influenciada precisamente por esos capitalista en lucha por sus intereses contrastantes. No es solamente el caso extremo de la guerra, donde las masas obreras de los diferentes países son fanatizadas por las ideologías nacionalistas y empujadas a masacrarse en frentes opuestos, porque existen otros miles de casos concretos en los que la clase obrera sólo mantiene su autonomía si estudia a su enemigo, si aprende a «conocer a quien tiene delante» como escribió Marx iniciando el estudio de la política internacional.

La segunda acepción del partido ciencia es ofensiva. Conocer a la clase dominante significa conocer las contradicciones, los puntos débiles, los enfrentamientos entre los grupos económicos y los que se producen entre las fuerzas políticas y entre los Estados, para utilizarlos a favor del proletariado. Por esta razón partido ciencia es un concepto afín al de partido estrategia: piénsese de nuevo en la guerra y en la estrategia de Lenin del derrotismo revolucionario, al cálculo de cómo el «motor de la guerra» influiría sobre los Estados, sobre las clases y sobre las fuerzas políticas, llevando a las masas a aceptar como inevitable la solución de los bolcheviques.

Podemos extraer de nuestra historia algunos ejemplos, entre muchos, de cómo en momentos cruciales ser o no ser partido ciencia ha significado para nosotros la diferencia respecto a las tareas prácticas del partido.

1950, la guerra de Corea. La percepción extendida en esa época es la de una Tercera guerra mundial inminente; entre los trotskistas lo teoriza Michel Pablo, alias MichalisRaptis, en el opúsculo La guerra que llega. Una parta del movimiento anarquista se inclina por Occidente, por odio a la URSS: es el Occidentalismo. Quien está influenciado por la URSS se ve afectado por las campañas pacifistas alimentadas por Moscú: es el Orientalismo. Considerar inminente una guerra entre los EE.UU. y la URSS desconoce la existencia del imperialismo europeo; en realidad los EE.UU. y la URSS están de acuerdo en mantener dividida y sojuzgada a Europa: las sugestiones de una Tercera Fuerza sufren la influencia de las potencias europeas.

Según Cervetto, considerar en aquella época que la guerra estuviera de verdad a las puertas era un error fatal, que impedía que existiera verdaderamente un partido políticamente autónomo: no se veía la existencia del «imperialismo europeo», y al no verlo se corría el riesgo de ir a remolque. En 1953, precisamente en el debate interno en los GAAP, el conocimiento científico de las fuerzas reales del imperialismo unitario (no sólo la URSS, no sólo los EE.UU., sino también la Europa que comenzaba a distanciarse de los Estados Unidos), permite no dejarse atrapar por ninguno de los tres: ni por los occidentalistas, ni por los orientalistas, ni por los europeos de la tercera fuerza. Esto tuvo un significado práctico, más adelante, a la hora de bloquear el intento de Masini de llevar a los libertarios al PSI de Pietro Nenni convertido al europeísmo.

1957, los “milagros económicos” o “treinta gloriosos”. ¿Cuáles eran en los años Cincuenta las prospectivas del desarrollo mundial del capitalismo? Se estaba desplegando un largo ciclo de desarrollo, afirmaban nuestras Tesis de 1957, y ello implicaba tareas inmediatas para un partido de clase.

No había ninguna revolución a las puertas, como esperaban los maximalistas aprisionados por su «tiempo psicológico»; las guerras y las crisis futuras serían durante un largo período guerras limitadas y crisis parciales. No obstante, el desarrollo capitalista aumentaría paulatinamente las contradicciones en el sistema de Estados, creando nuevas potencias, empujando al capitalismo de Estado imperialista de la URSS contra el joven capitalismo de China, alimentando la tendencia a la unificación europea, etc. El partido podría crecer e implantarse aprovechando aquellas contradicciones del desarrollo, pero sabiendo bien que la tendencia de fondo en las masas era hacia la socialdemocratización y no a la radicalización revolucionaria.

1973, la crisis petrolífera y la crisis mundial. Muchos esperaban una crisis general. Para nosotros fue una «crisis de reestructuración», las contradicciones de las viejas potencias encontraban todavía un gran espacio en el desarrollo de los nuevos mercados y en los jóvenes capitalismos. No obstante, como consecuencia el carácter de la lucha de clases mutaba; y no se producirían luchas de ofensiva salarial, sino luchas de defensa en la reestructuración. De aquí se derivaba la tarea prioritaria de organizar donde fuera posible una «retirada ordenada» de la clase. También de aquí se derivaba la necesidad de privilegiar el trabajo de educación y de organización, ciertamente una «tarea general» que siempre debe ver implicada a una organización de clase, pero que en aquel momento también se convertía en la tarea prioritaria.

1989-1991, la cesura estratégica del final de Yalta. El hundimiento del Muro de Berlín, el hundimiento de la URSS y de su capitalismo de Estado, en China el lanzamiento de la «apertura» de DengXiaoping y, por lo tanto, de los fuertes ritmos de desarrollo y las primeras señales de una «nueva fase estratégica».

Desde el área que en el análisis de las Tesis de 1957 era la del «atraso», casi los 2/3 de la población mundial, ahora emergen grandes potencias, la primera de todas China. Entre finales de los años Noventa y comienzos del nuevo siglo, con la entrada de China en la OMC, la federación del euro, la guerra del Golfo desencadenada por los EE.UU. para prevenir a China, la «nueva fase estratégica» se ha iniciado.

En consecuencia mutan las tareas del partido: la contienda se produce entre «grandes potencias de tamaño continental», y si los patronos se ponen de acuerdo en el Viejo Continente para dirigir la competencia de China, también los obreros deben «pensar europeo» aunque absolutamente también deben buscar la alianza con el nuevo proletariado chino, para no dejarse atrapar por las campañas patronales contra el “peligro amarillo”. Hoy partido ciencia significa esto: conocer las fuerzas en juego y su desarrollo, para no dejarse atrapar por la influencia de América, de Rusia, de Europa y, por qué no, de China, que querrían usar a los obreros en sus enfrentamientos, y conocer las contradicciones entre los grandes grupos y entre sus Estados, para aventajar al proletariado mundial. Por esta razón, para nosotros y para vosotros, se hace vital implantar una fuerza revolucionaria en el corazón del imperialismo europeo. Nada menos que esto, compañeros, ¡no se trata simplemente de conocer las posiciones recíprocas a través de «libros» y «periódicos», o de confrontarse entre militantes de «países vecinos»! La patronal se organiza a escala europea, los obreros deben hacer lo mismo, y desde Europa mirar al mundo.

Precisamente, si partido ciencia significa esto, entonces no es el programa, como defendían los bordiguistas, no es el producto espontáneo del movimiento, como consideraban luxemburguistas y consejistas, no deriva de un frente desde debajo de reagrupamientos heterogéneos, como a veces ha considerado el trotskismo. Será la práctica política, no una pretensión ilustrada ridícula, la que sancione en los resultados si aquellos análisis científicos y las indicaciones de trabajo derivadas están o no fundamentadas.

Los consejos no requeridos son eficaces, pero la cuestión es de tanta relevancia que aceptamos el riesgo de seguir siendo incomprendidos. Compañeros, seguid estando orgullosos de vuestra tradición, y manteneos fieles a la memoria y a la enseñanza de Lev Trotsky. Pero no os detengáis en esto, tened la ambición de ser el partido ciencia del movimiento trotskista. No sabemos cómo habría contestado Trotsky a las cuestiones del reparto imperialista de Yalta, ni no hubiese caído como mártir a manos de Stalin; no sabemos cómo habría afrontado la evidencia del desarrollo, durante los decenios de los “milagros económicos”. No sabemos cómo habría valorado la emersión de China a gran potencia. Vosotros podéis hacerlo, si tenéis fantasía científica. Trotsky se sentía “patriota” de su época, amaba su siglo, el Novecientos, como siglo de enormes mutaciones y de revoluciones. Vosotros podéis llevar a Trotsky al Tercer Milenio.

Finalmente, respecto a la cuestión objeto del intercambio de cartas, os aconsejamos leer los capítulos “La batalla de Génova” y “La batalla de Milán”, en el volumen de próxima aparición en Francia. Al igual que no conocéis a Lotta Comunista en su historia y en sus posiciones, tampoco demostráis comprender qué fundamentales fueron aquellas batallas: una lucha por la existencia del partido pero también, especialmente en Milán, literalmente para la vida de muchos militantes. Por decir la verdad, para quien en Italia no ha vivido directamente aquella experiencia no puede lograr representársela.

Fue la batalla de formación de la segunda generación de Lotta Comunista; también desde entonces, las generaciones posteriores de jóvenes, cada vez más numerosas, han crecido con la determinación de no aceptar nunca másdelaciones y calumnias, de nadie. Si alguien ha jugado con fuego por ingenuidad o por inconciencia, como nos parece comprender por vuestra correspondencia, que se las apañe.

Por otra parte, señalamos que la incomprensión no es de hoy. Ya en noviembre de 1973 en uno de vuestros “Boletín de información” creíais ver en nuestras concepciones políticas una de las causas de las campañas de ostracismo contra nosotros. Ciertamente, se atacaba a Lotta Comunista, «calificándola en bloque como un grupo “fascista” y “provocador” en el más puro estilo estalinista». Pero escribíais, «una parte de la responsabilidad también le incumbe, parece, a Lotta Comunista». Según vuestra opinión no teníamos una «actitud política» hacia la «extrema izquierda», lo que para nosotros eran los “grupos” pequeñoburgueses intelectuales sostenedores del estalinismo, y mucho menos hacia el PCI «con el cual las “peleas” son siempre frecuentes». En esto, siempre para vuestro boletín, Lotta Comunista mostraba un cierto «triunfalismo» considerándose ya «el Partido» y «tendiendo a rechazar a los otros en bloque».

Quizás, después de casi cuarenta y cinco años, es necesaria una actualización.

 

Lotta comunista, diciembre de 2017

 

TROTSKISMO Y BORDIGUISMO

Del bimestral francés, la parte del artículo de crítica a Lotta Comunista.

 

«A día de hoy, la Izquierda Comunista [bordiguista, ndr] ha explotado en diferentes pequeños grupos sin influencia, sin haber logrado de verdad difundirse fuera de Italia. Una excepción es el grupo Lotta Comunista, que ha tenido un cierto desarrollo numérico y que, también [como Bataglia Comunista de Onorato Damen, ndr], representa un intento de salir de los límites de los grupos bordiguistas. En efecto, se presenta bajo el nombre de Gruppi Leninista dellaSinistra Comunista, completando, por lo tanto, la referencia a la Izquierda Comunista bordiguista con la referencia a Lenin.

De hecho, Lotta Comunista hace más referencia a Lenin que a Bordiga, pero conserva la mayor parte de las características de corriente bordiguista. Sus análisis y las de su principal fundador, Arrigo Cervetto, siguen estando marcados por esta versión formalista del marxismo que ve en los fenómenos políticos el reflejo directo y mecánico de la economía, una concepción que no tiene mucho que ver con el leninismo, ni en efecto con el marxismo. Los propios análisis atestiguan una incomprensión del fenómeno imperialista tal y como lo describía Lenin.

Al contrario de lo que defendía Lenin en su libro sobre el extremismo, Lotta Comunista reivindica un “abstencionismo estratégico” que la lleva a rechazar por principio presentarse a las elecciones. Finalmente, su leninismo consiste en presentarse como “partido-ciencia”, que sería una especie de partido revolucionario por definición, gracias a la pertinencia de los análisis marxistas de sus dirigentes. Aquí de nuevo, nada más lejano del leninismo que esta autoproclamación, que por otra parte lleva algunas veces a querer imponer su “ciencia” con la fuerza física. Una reciente correspondencia entre LutteOuvrière y Lotta Comunista, de la que publicamos extractos, es edificante respecto a esto».

 

Lutte de Classe, 186, septiembre-octubre de 2017

 

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