Instituto Sergio Motosi para el Estudio del Movimiento Obrero Internacional
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el Internacionalismo

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Sumario 85 - Abril de 2018

1) Sorpresa estratégica y nuevo ciclo global

2) Colisiones mundiales y nuevo ciclo político

3) Europa, Norte y Sur en el nuevo ciclo político  

 Crónicas europeas
4) Merkel y Macron en una carrera contrarreloj 

 Páginas de historia del movimiento obrero
5) La crisis final de la Liga de los Comunistas

6) Una Rusia asertiva en las urnas

Gigantes de Asia
7) Sangrienta unificación en las fuentes del “modelo chino”

8) Misiles y Twitter en las negociaciones coreanas

9) ¿Trump pone en jaque a la OMC?

10) Los recortes fiscales de EE.UU., arma en la contienda  

La batalla mundial del automóvil
11) Siglo XX con gasolina, ¿siglo XXI eléctrico?  

12) Obreros que no votan

Sorpresa estratégica y nuevo ciclo global

«Evitar Afrontar la sorpresa en los conflictos entre las grandes potencias». Es el título de un informe del CSIS, el Centro para los estudios estratégicos e internacionales de Washington; en la portada, una fotografía del ataque a Perl Harbour, en diciembre de 1941. La palabra «evitar» está bloqueada a la vista en el título; para el autor Mark Cancian la «sorpresa» es inevitable, siempre ha sido parte de la naturaleza de los conflictos, pero se vuelve «elevadamente probable» ahora que regresan las confrontaciones entre las grandes potencias. Tres razones dejan a los Estados Unidos vulnerables: «el ascenso de China y Rusia como potencias desafiantes» después de una generación de predominio militar americano global; la «larga paz entre grandes potencias», setenta años que han inducido a una sensación falaz de «seguridad perpetua»; los cambios tecnológicos en el campo bélico, que «han transformado cómo se libran los combates» desde la última guerra mundial. No se puede dejar de destacar que la pretendida «larga paz» en realidad ha costado millones de muertos en decenios de guerra por procuración, pero el punto de vista del CSIS se limita a la ausencia de conflictos a larga escala que hayan involucrado a los EEUU directamente.

Como suele ocurrir para este tipo de fuentes americanas, el material sobre el plano conceptual es decepcionante, saturado por la lista práctica de una gama de posibles «sorpresas». Una cuestión crucial es la «sorpresa política/diplomática», es decir, «un realineamiento inesperado de países o fracciones políticas que tienen un efecto mayor sobre la balanza de potencia», aunque es el propio autor el que admite que en la planificación militar dichas discontinuidades «raramente son consideradas», consideradas competencia de los decisores políticos. La cultura estratégica americana nunca se ha encontrado a gusto con Clausewitz y su concepción de la guerra como «continuación de la política por otros medios».

Del informe del CSIS nos interesa destacar la continuidad con la National Security Strategy, el documento sobre las directivas estratégicas, recientemente publicado por la presidencia; es significativo que las tesis asertivas de la Administración Trump hayan tenido eco también en un ámbito tradicionalmente bipartidista. Las nociones por las cuales el «conflicto entre grandes potencias» se vuelve posible, mientras China y Rusia se convierten en las nuevas amenazas, son completadas aquí con la tesis de que la «sorpresa» puede llegar precisamente de Moscú y Pekín.

La noción de «sorpresa estratégica» es cuidadosamente considerada por la ciencia marxista de las relaciones internacionales. Arrigo Cervetto escribe sobre una dinámica del equilibrio resultante de «maniobras estratégicas» y «acontecimientos objetivos e impredecibles», y de una «novedad regular» en las luchas de la contienda. Hacemos tres observaciones sobre el plano teórico. La primera es que la sorpresa estratégica tiene sus razones objetivas en el desigual desarrollo económico y político. Tomando prestada de la geología la dinámica de la tectónica de placas en el origen de los terremotos, podemos representar el cambio en las relaciones de fuerza entre las potencias que acumulan tensiones subterráneas gigantescas a lo largo de las líneas de falla, hasta que de repente se liberan en una ruptura destructiva. No se puede saber con precisión el momento, el lugar y la intensidad del choque, pero existe la certeza de que tendrá lugar: en este sentido, la sorpresa es una regularidad.

La segunda observación es que los términos políticos y militares de la sorpresa pertenecen al movimiento de los Estados y de los sistemas de Estados, precisamente las «maniobras estratégicas» que se traducen en acontecimientos «impredecibles». No hay una identificación entre la mutación económica y el movimiento político-militar, existe una dimensión específica de las relaciones internacionales, que la ciencia marxista tiene la tarea de someter a la investigación; cada batalla de contención siempre será una combinación multiforme de factores.

La tercera observación es que la sorpresa se desprende también de la ambivalencia intrínseca de las alianzas y de las posiciones estratégicas. En la dinámica de unidad y escisión –el interés unitario de todos los imperialismos por garantizar las condiciones para la producción y la circulación de mercancías y de capitales, y la división entre aquellas mismas potencias en la competencia por el reparto– los dos momentos coexisten. Sobre el plano político cada acuerdo contempla su ruptura, cada alianza su revisión, cada relación el intento por parte de cada uno de lograr ventaja sobre el otro competidor y, sobre todo, cada relación de potencia contiene al mismo tiempo aquellos dos movimientos de la convergencia y de la contraposición. De aquí la regularidad de la sorpresa estratégica, cuando la contienda obliga a disolver en el conflicto abierto la ambivalencia: el mutar de las relaciones de fuerza se traduce en la crisis internacional y en la guerra; tanto las alianzas como la ruptura de las alianzas pueden preparar el conflicto abierto.

Hemos constatado ya durante un tiempo que el orden vacila; ahora son las centrales de la clase dominante las que presagian el regreso del «conflicto entre las grandes potencias». Probablemente aún no es el momento para una gran sorpresa estratégica, pero sin duda se ha abierto un plazo de quince años, que hace que las condiciones sean más probables. Al mismo tiempo, es cierto que aumentan las tensiones en el sistema de Estados y en las alianzas, aunque cada relación mantiene todavía su ambivalencia.

La China de Xi Jinping ha fortalecido sus poderes para afrontar la reestructuración en el interior y la disputa multipolar en el exterior; se ha abierto el segundo tiempo de la nueva fase estratégica. En tres episodios, la reacción europea muestra precisamente la ambivalencia de unidad y escisión.

Ha aumentado el tono polémico de Alemania contra China desde hace un año; un catalizador del viraje han sido los acuerdos del denominado 16+1, las iniciativas de Pekín en las marcas periféricas de Europa, en el Este, los Balcanes y el Mediterráneo. En la Frankfurter Allgemeine Zeitung Friederike Bogüe lamenta la ausencia de un plan por parte de Europa, mientras que Xi Jinping define sus directrices de expansión con poderes fortalecidos. Alemania es la que se ha beneficiado hasta ahora del ascenso de China, escribe la FAZ, por esta razón ha tenido pocos incentivos para tratar de «cerrar filas» con los otros europeos. A medio plazo, sin embargo, Alemania es la que más tiene que perder; China se está convirtiendo en una «superpotencia industrial» en sectores que son la «columna vertebral» de la economía alemana. La cuestión, destacamos, es también el mensaje implícito de los anuncios de medidas proteccionistas publicitadas con gran alboroto televisivo por Donald trump. Washington quiere golpear los planes de política industrial de alta tecnología que Pekín ha establecido para 2025, o al menos condicionarlos a la apertura del mercado chino; se puede entrever el intento de coaligar a Europa y Japón en un frente antichino.

Li Chao, investigador del Instituto de Estudios Europeos en el CICIR, en Global Times ha creído ver un «giro» en la posición de Angela Merkel, quien ha pasado a apoyar la «competencia abierta» con China como una prioridad de su gobierno. ¿Realmente Alemania ha decidido renunciar a la carta asiática, una figura crucial en su juego de equilibrio? Es el propio Global Times el que cuatro días después se refiere a lo opuesto, «China y Alemania pueden usar su influencia global para contrarrestar la ola proteccionista de los Estados Unidos»; Merkel según el China Daily habría confirmado a Xi el apoyo a la Ruta de la Seda, «considerada un puente estratégico para Eurasia».

La presión sobre China para la «reciprocidad» en la apertura de los mercados, creemos, irá de la mano con la negociación de la relación estratégica entre Europa y China. Al fin y al cabo la UE también busca con Washington una «reciprocidad transatlántica», según la fórmula de Wolfgang Schauble: tiene interés en conservar la carta asiática frente a una América que se ha vuelto impredecible, así como servirse de la relación atlántica en la confrontación de Pekín. Cuando se produzca la sorpresa de una Europa que disuelva su ambivalencia estratégica, el mundo lo sabrá.

El segundo episodio afecta precisamente a la cuestión de la política exterior europea en Asia. A principios de marzo, en misión a Nueva Delhi, el presidente francés Emmanuel Macron ha acordado con el primer ministro Narendra Modi una cooperación militar en el Océano Índico: los buques militares de la Armada de la India tendrán acceso a las bases navales francesas en la región. «Contra China, India se centra en la ayuda de Macron», titula Le Monde; después de todo, si Modi define el Océano Índico como «nuestra casa», «en esta casa habita también Francia», con 1,7 millones de habitantes en las islas de Mayotte y Reunión. Francia es el único país de la UE que tiene una «presencia militar permanente en la región», y tiene además de sus Territorios dos bases en Yibuti y los Emiratos Árabes Unidos. Francia, defiende Raja Mohan en el Indian Express, podría incluso llegar a ser «la nueva Rusia en la India», reemplazando a Moscú como un socio internacional, y la alianza con París puede abrir la puerta a una relación más estrecha con toda la UE.

En la superficie, la iniciativa de Macron y Modi parece tener el mismo signo de la directriz estratégica del Indo-Pacífico, perseguida por la India junto con los EEUU para equilibrar a Pekín. Sin embargo, es el propio Mohan quien informa del debate en la India sobre la necesidad de un «reset con China», donde la corriente de los «realistas» quiere aliviar las tensiones con Pekín. Las dificultades indias en la confrontación del rival chino tienen razones «estructurales»; el hecho clave es que «el poder relativo y absoluto de China ha aumentado drásticamente», en comparación con la India como en cuanto a todas las demás potencias mundiales, gracias a cuarenta años de reformas y un crecimiento económico acelerado. Esto deja a Nueva Delhi con una serie de «imperativos políticos contradictorios»: la India debe luchar para preservar su «espacio estratégico» donde crece la «impronta china», mientras que al mismo tiempo evita «la escalada de divergencias en disputa».

Rakesh Sood, exembajador indio en París, agrega un matiz revelador para sopesar el «memorándum de acuerdo» franco-indio. Para la India, la cooperación naval con los EE. UU. ha sido cada vez más fácil a través de Uspacom, el mando del Pacífico que cubre la región desde China hasta el Golfo de Bengala, en lugar de hacerlo con Centcom, un mando que incluye una «relación privilegiada con Pakistán». Por lo tanto, Francia, y por extensión la UE, en cierta medida representa un contrapeso y una contraseguridad también hacia los Estados Unidos y sus relaciones consolidadas en Pakistán. Por lo tanto, en potencia, el movimiento francés da una medida de la autonomía estratégica tanto de Europa como de la India, y no está ligada tan solo a una estrategia de balanza hacia China. También por esto, la verdadera cuestión, y la potencialidad de una sorpresa estratégica, afecta a Francia en la Unión Europea: ¿esta red de relaciones francesas, con su capacidad de influencia multidireccional, podrá centralizarse de manera orgánica en una estrategia europea?

Finalmente, el giro histórico del Vaticano, que está a punto de concluir con Pekín el acuerdo sobre el nombramiento de obispos y el estatus de los católicos en China. Monseñor Paul Gallagher es el equivalente de un Ministro de Asuntos Exteriores del Vaticano; el periódico de los obispos Avvenire se refiere a su intervención en una conferencia en Roma donde hace explícito un verdadero intercambio político. Para Gallagher no hay necesidad de temer al nuevo protagonismo chino. China insiste «en su identidad a través del modelo económico, político y cultural que trata de imprimir “características chinas” a la globalización»; a este «esfuerzo de diálogo» entre Pekín y el mundo moderno puede contribuir la comunidad católica china, enraizada en el «dinamismo histórico» de China, pero también parte de la universalidad de la Iglesia, con su «apertura natural a todos los pueblos».

Afirmada en un momento en el que los nuevos poderes de Xi están en el centro de la controversia internacional, es una línea que revela una apuesta alta para el Vaticano. De hecho: cuanto más se acerca el pontificado de Jorge Mario Bergoglio a ese punto de inflexión histórico, más resistencia parece abrirse a la dirección de una «Iglesia multipolar» por parte de algunas corrientes, no por casualidad estadounidenses y europeas. Quizás la sorpresa política de una China acompañada por la Santa Sede en su impulso global es inminente. Sin embargo, el intento de interpretar el momento de la unidad de la dinámica mundial no escapará a las tensiones de la escisión.

Lotta comunista, marzo de 2018

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