Instituto Sergio Motosi para el Estudio del Movimiento Obrero Internacional
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el Internacionalismo

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Sumario 87 - Junio de 2018

1)  Acto de balanza europeo hacia Moscú y Pekín 

2)  Soberanía europea y nuevo ciclo político 

3) Nueva batalla de Italia sobre la soberanía europea

Crónicas europeas
4) Test iraní para la política exterior UE 

5) Rusia y el Oriente multipolar 

6) Partido de potencia entre Teherán, Gaza y Pyongyang

Gigantes de Asia
7) Mandato imperialista para los años tormentosos del Dragón

8) “Tregua armada” entre los EE.UU. y China sobre el comercio 

9) La red SWIFT en la guerra de los capitales

La batalla mundial de la energía
10) La electrificación del mundo

La clase obrera en el mundo
11) Japón atrapado en el invierno demográfico (II)

12) Politicastros charlatanes

Acto de balanza europeo hacia Moscú y Pekín

La nueva época de las relaciones globales entrelaza tensiones políticas, económicas y militares. Una combinación que es siempre la regla de la contienda imperialista; inéditas en el ciclo actual son la sucesión y la intensidad de los turbulencias a las que se somete el orden mundial en la dinámica imperialista del ascenso asiático y chino y del declive atlántico.

Es la acción de estas líneas de fuerzas, en el profundo del desarrollo imperialista, el que explica en la superfície la sucesión candente de los combates y las crisis. El hecho de que esto asuma cada vez más a menudo las características de agitaciones convulsas además de inesperadas, como el Brexit, la presidencia Trump, la crisis en Argentina, Brasil y Venezuela a la que ahora se añade la italiana, o las guerras y las tensiones regionales en Siria, en Irán, en Corea o en el Mar Chino Meridional, aunque ahora bien, todo esto no contradice la razón de fondo de la erosión del orden global, cuyo motor es el desarrollo económico y político desigual: China asciende, Occidente está en declive y la política oscila.

Por lo genera, la ideología dominante se mantiene en la superfície de la lucha política. Sobre todo en la praxis melodramática e histriónica de la democracia televisiva, que se dirige a las masas escenificando una función teatral en la que los dirigentes políticos se confrontan, discuten o hacen la paz como en una serie de la pequeña pantalla. Y al hacerlo, esta ideología también busca o manipula miedos, emociones y aspiraciones afianzadas en las psicologías colectivas. He aquí la máscara de Ángela Merkel fría o miope calculadora, de Emmanuel Macron “jupiteriano”, de Theresa May, “Hamlet” del Brexit, de Mariano Rajoy opaco y huidizo gestor del poder, de Vladimir Putin, nuevo zar, de Xi Jinping neo-emperador autoritario y, después, el tweet de Donald Trump y la “panza” de los Estados, el grito America First como negación turbada del declive.

La ciencia marxista de la política y de las relaciones internacionales consiste en partir de las observaciones de los hechos políticos, describir constantes y excepciones, y descender hasta las tendencias de fondo del desarrollo imperialista y de la lucha de clases, para después volver a la superficie de los hombres, de las corrientes y de las confrontaciones políticas. Se trata de dar un orden científico a las cosas, y no de un determinismo plano y economicista, como cree cierta crítica ignorante de la teoría marxista de la política.

Lionel Barber, director del Financial Times, entrevistado por Alain Elkann en la Stampa, ve en el presidente americano el «Jefe destructor», que pone en tela de juicio «los principales fundamentos del orden liberal de la posguerra». Trump niega las alianzas en nombre de un «agresivo bilateralismo», «un desafío a la estrategia europea en el mundo»; sin embargo, hay «más método en su locura» de la que aparenta a primera vista.

Barber, desde la City Londres, ve a su rotativo como el «el periódico de la globalización», pero traiciona su inclinación cuando habla de Europa en primera persona, como si perteneciera a ella; se intuye la frustración del europeísmo británico atrapado en el embrollo diplomático y jurídico del Brexit. La UE «habla pero no actúa», por el momento «somos aplastados por EE.UU. y el poder emergente de China». Ángela Merkel, Emmanuel Macron y Tony Blair «instan a esperar que pase la tormenta», pero por el momento, «sobre el tablero geopolítico probablemente somos alfiles, ciertamente no el rey ni la reina o torres».

También David Ignatius, voz del Washington Post, cercano a los círculos de la política exterior americana, censura el estilo «destructivo» de Trump, y cree que actitud agresiva hacia la UE «está comenzando a erosionar» la relación atlántica. Los americanos han dado por descontado el apoyo europeo tanto tiempo que «pocos analistas han examinado qué significaría una auténtica ruptura de la alianza transatlántica».

Walter Russell Mead en Wall Street Journal no es hostil a priori hacia la Casa Blanca, y parece a veces querer “traducir” las líneas políticas ensombrecidas por el estilo imperante de la presidencia. La denuncia unilateral del acuerdo con Irán ha puesto las relaciones atlánticas en dificultad como no ocurría desde la guerra de Irak en 2003, con la diferencia de que esta vez Londres está alineado con la UE. Ahora bien «prevenir que una sola potencia pueda dominar los recursos petrolíferos y las rutas de transporte en el Golfo Pérsico ha sido un objetivo central de la política americana desde la Administración Truman», e Irán hoy es «la mayor si no la única amenaza significativa de estos intereses vitales».

La llamada de Russell Mead es un retorno a los “fundamentos” de la estrategia americana en Oriente Medio, una constante que prescinde de cada presidencia individual hasta el punto tanto que fue sancionada, en 1980, por la doctrina Carter. Sin embargo, también señalamos que en Europa Washington siempre ha visto como su «interés vital» impedir que una única potencia o coalición de potencias dominase el Viejo Continente. Con el fin de Yalta y la reunificación alemana esto ha implicado impedir que las relaciones de la UE con Rusia fueran más estrechas que con las de Estados Unidos, y en los amplios horizontes de la globalización esto se extiende a la masa euroasiática al completo, para las relaciones entre Europa y China. Durante décadas, esta ha sido la función de la Alianza Atlántica y este es el sentido de las maniobras intrusivas a veces para ralentizar o condicionar la autonomía estratégica de la Unión: las iniciativas divisivas de 2003, con la guerra en Irak, contra la defensa europea; en la OTAN la clave sobre la propensión filoamericana del Grupo de Visegrado; un tiempo la influencia sobre el atlantismo mediterráneo de la metrópoli italiana, frente al eje franco-alemán. Mañana – está ya en las hechos– un cierto juego sobre la nueva crisis italiana, en caso de que esta pueda hacer de contrapeso y contramovimiento a la contraofensiva europea de Merkel y Macron.

Si esta es la dinámica de las relaciones entre Europa y los EE.UU., está entre las leyes de movimiento de balanza el hecho de que la erosión del nexo atlántico, o también únicamente la pretensión unilateralista americana, reclamen iniciativas y ofertas europeas junto a las otras directrices, hacia Rusia y China. Ángela Merkel ha visto una verdadera y auténtica «crisis transatlántica» en la ruptura unilateral americana del tratado con Irán, y en Moscú ha reivindicado el «interés estratégico» de Alemania en mantener buenas relaciones con Rusia.

También por la parte rusa, por otra parte, el hecho de que en Berlín y en París se vuelve a discutir sobre la autonomía estratégica europea no puede más que convertirse en la ocasión de sondeos y acercamientos político-estratégicos. Andrei Kurtunov director del RIAC, el Consejo ruso de relaciones internacionales, mientras que prevé «una larga guerra de trinchera» para los próximos seis años de la presidencia Putin, prospecta cuatro escenarios para las relaciones entre la UE y Rusia. El primero es «tierra de nadie». Con una Europa débil y una Rusia sin reformas, la OTAN continuaría como el único referente y Moscú se acercaría cada vez más a China, en una relación siempre asimétrica. El segundo escenario es una «nueva guerra fría», con una Europa fuerte y una Rusia aún por reformarse. Con una mutación duradera de la balanza de potencia, la «espina dorsal franco-alemana» de la UE sobreviviría al Brexit y ayudaría a los otros miembros de la Unión a superar los desacuerdos, a batir a los populistas y a resolver las cuestiones cruciales de la eurozona. Europa alcanzaría su objetivo de «autonomía estratégica» respecto a EE.UU.; una vez más en cambio Rusia se inclinaría hacia China, después de haberse encerrado en el aislamiento con una «cortina de hierro» contra la creciente influencia europea en sus confines, para comenzar con Ucrania.

El tercer escenario es un «melting pot eurasiático», un “crisol” dirigido por China y Rusia, consecuencia de una Europa débil y una Rusia reformada. Moscú estabilizaría las relaciones con Ucrania y consolidaría la UEE, la Unión Económica Euroasiática, «haciendo un uso pleno de los desacuerdos y de los conflictos en la Unión Europea». Rusia se dirigiría entonces a Asia; «en vez de un espacio común europeo» desde Lisboa a Vladivostok, Moscú apuntaría a un «espacio común euroasiático» de Shanghái a San Petersburgo. «El avance euroasiático hacia Occidente» paulatinamente absorbería partes de Europa de diferentes formas, por ejemplo con la iniciativa china de la Ruta de la Seda.

El cuarto escenario, por último, es «una Gran Europa con dos patas» que comprenda tanto una Europa fuerte como una Rusia reformada. Moscú podría reconocer «sus intereses fundamentales en una Europa más fuerte», Bruselas reconocería la Unión Euroasiática como «partner estratégico»; Ucrania podría convertirse en un «puente natural» entre las dos entidades, hasta el punto de permitir en ese contexto una adhesión de Kiev a la UE, después de un periodo de transición.

Sobre la probabilidad de los cuatro escenarios, y sobre sus variantes, para Kortunov pesan diversos «factores externos» en las relaciones bilaterales entre Rusia y la UE, y que dan a entender las directrices a largo plazo de la política rusa. Para Europa la cuestión es la dinámica de la alianza transatlántica. Si Trump se revelase como no mero paréntesis sino como «el síntoma de una redefinición a largo plazo del papel americano en las relaciones internacionales», Europa sería empujada a plantearse como «jugador global separado de Washington», con nuevas prospectivas entre Rusia y Moscú.

Para Moscú la cuestión crucial es China: «una China más fuerte», atención, comportaría para Kortunov «más incentivos para Moscú para buscar nuevas oportunidades en Bruselas». En definitiva, si el «orden mundial liberal» entrase en un «largo periodo de inestabilidad y conflictos», Rusia y Europa seguirían probablemente la tendencia general, en cambio serían empujadas a cooperar si el orden global y la globalización superasen la situación actual de crisis. Moscú, se puede concluir, está muy atenta a las variaciones atlánticas por la venta que puede abrir a las relaciones con la UE, pero esto en el cuadro de relaciones multipolares que seguirán siendo complejas, donde China, a medio y largo plazo, parece más una amenaza que una oportunidad.

Permanece en sombra en los escenarios del RIAC una dinámica, la de la relación entre Europa y China. Después de Moscú, Ángela Merkel acudió en viaje también a Pekín, con un mensaje político quizás más relevante que el de la cumbre con Putin. Aquí también cuentan dosificaciones y matices. Para Ai Jun de Global Times, es hora de que China y Europa «decidan cómo enfrentarse juntas a EE.UU., y cómo defender el orden global». La revista Caixin escribe, en cambio, que la canciller alemana ha abordado en China «un delicado acto de balanza»: la visita podía ser entendida como una señal dirigida a Washington de total solidaridad entre Alemania y China, pero Ángela Merkel quiere evitar parecer «un aliado de manera demasiado abierto con Pekín», en la confrontación con los Estados Unidos.

La crisis transatlántica sobre Irán realmente será un momento de definición para la política exterior común de la UE, ¿o bien solo una de las tantas fases de un proceso incierto y accidentado? En la espera tanto Berlín como París, siguen siendo actor obligado del juego de balanza. A falta de rey, reina o torres, los alfiles de todos modos se mueven.

Lotta Comunista, mayo de 2018

 

 

 

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